lunes, 5 de septiembre de 2011

Trabajo de Ricardo Mario Moreno

Pueblo y comunidad. Tierra y pueblo. Es posible la comunidad sin tierra, sin lugar?

Es curioso pensar en pleno comienzo de siglo XXI, casi contradictoriamente, como queriendo despertar a los que duermen un sueño de piedra, duro, sin ranuras por donde pudiera pasar una voz, un reclamo, esta forma de sentir y de soñar un lugar común en la sociedad, que tenemos algunos que nacimos en un lugar, nos hemos criado en otro lugar, y sobrevivimos e intentamos vivir en otro completamente diferente. Diferente? Por qué? Porque vengo de lejos, soy de otra raza, otro color, soy de otro lugar, o es lo que creo que los demás ven en mí, que me creo dueño de algo que no tiene dueño, que todos somos los dueños o deberíamos serlo y que como tal debo respetar al que está en su lugar, que es también mío.
Parece un sueño y un juego de palabras, pero cuando veo la pintura de dos indios mirando con ojos que no parecen ojos, los fusiles que sí parecen serlo, apuntando hacia ellos con un único motivo inequívoco que es el de acabar con ellos, siento que esta pregunta se pone candente y quema el interior, ése en donde viven las entrañas, el interior que podría ser la tierra adentro, de la que ellos son dueños, y vienen éstos y nos matan, y cómo! Los cuatro pareciera que apuntan a uno todos ellos, como para cerciorarse de matarlo y luego volver por el otro los cuatro a la vez, sin posibilidad de fallar, porque hay que atarles las manos por detrás, pues no sabemos cuán fuertes pueden ser, que pueden parar las balas con sus manos, pues son del monte, el duro monte que necesita más dureza para quitarlo del medio.
Y me pregunto, si es así de diferente ahora, o era más lindo cuando todo parecía estar en armonía, como cuando alguien vuelve a su terruño, a su interior, a su tierra, al reencuentro, mientras el vino pareciera unir, o adormecer el pensamiento que grita que ya no soy de aquí, que ya no pertenezco aquí, que ya no soy dueño, sino sólo un espectador de recuerdos, de hechos que se esfuman porque no se puede recuperar ese lugar en donde renacer, y el carnaval que invita a revivir para encontrar a seres comunes con sentimientos comunes. La canción “Retiro al norte”, pareciera constatar, que me pierdo si no busco aquel contacto que me vio nacer, crecer y sentir cómo la tierra se adueñaba de mí y yo de ella, con un lazo frágil, que se fortalece y fortifica cada vez que vuelvo, pero que me hace ver a la vez lo vulnerable de ese lazo porque ya no soy interior, soy y estoy en otro lugar, pero el abrazo de mi comunidad, de mi pueblo, cada vez que vuelvo, reafirma esa necesidad de pertenencia. Como a los indios por fusilar, su tierra está a punto de dejar de pertenecerles, como parece decir el otro indio asido de los pelos, su lacio pelo tantas veces volado por el viento libre que lo liberaba y le devolvía su señorío territorial, justo ahora que empezaba a adueñarse, con un cuchillo en la garganta, puesto por un blanco, blanco depositario de toda la crueldad de los sin tierra, de los desposeídos que quieren poseer la mejor posesión del indio, la libertad. Sus ojos sí miran y gritan: miren lo que puedo hacer, puedo hasta quitarle la vida, y se la quito, por fin ya le he quitado todo. Y el otro, el de los cabellos que ya no están al viento sino en un puño, diciendo que sólo quería cabalgar, ser libre, con su caballo dado por el blanco, cabalgar buscando y encontrando nueva tierra, para él y sus lazos, sus vínculos que lo hacen grande, pero con sus manos atadas por detrás ya no puede ser más pueblo.
Claro, la canción habla del carnaval, y el fantasma de un año más por delante, hasta la próxima. Carnaval que une, junta y ciñe, como el norte dice, ciñe ese lazo que devuelve lo que se ha perdido, que devuelve la tierra, la tradición, los vínculos del pueblo, con el pueblo, con todo, con su propio interior. Ese carnaval que es fiesta, encuentro, reencuentro, contienda de los sentimientos más profundos, rúbrica del gozo vivido. Fiesta que remonta al prístino momento de la alegría, de la emoción, de la pertenencia, de la diferencia, ordinario o extraordinario, pueblerino o citadino, cheto o grasa, rico o pobre, negro o rubio, pero común, sólo común a ese pueblo, a esa ciudad, que desvela y desespera por ser mejor, más vistoso, más importante, el mejor, a tal punto de olvidar que la tierra está en peligro, que el pueblo está en peligro, que necesita rearmarse, animarse, porque se acerca una marea, una masa de agua, que amenaza la masa de gente festejando, sintiendo que es el último día de alegría, de carnaval. Amenaza a ese pueblo con devorárselo, amenaza con acabar con su tierra, con su cosecha, pero el pueblo piensa, el pueblo mira, y se olvida de sus diferencias con el otro. Busca en lo más hondo, busca en el fondo de sí, busca en lo mejor de sí, ese lazo, ese vínculo que lo une y lo hace único, ese lazo que perdura y resiste todo, ese lazo irrompible que decide por él, está con él, con ese pueblo que resucita, que une y se une. Es sólo agua, puede derrotarla, pero sólo si es uno, sólo si acepta que cada uno junto a otro son como el ladrillo que forma el muro que va a detener la amenaza, diferentes pero justo el que se necesita para ir unido al que sigue, único e irrepetible, como las piedras de los muros incas, quizás recordando a ese pueblo que también puede ser que el norte provenga de lazos y vínculos con esos indios, que los que están hoy armándose y rearmándose contra la amenaza, tienen lazos y vínculos con esos indios de las pinturas, los fusilados, el que es degollado. No, nos va a pasar otra vez. No más muerte, no más violencia, no más amenaza, no más diferencia. Estaremos juntos, estaremos fuertes, estaremos en el pueblo, con el pueblo, fortificado, haciendo de nuestro carnaval, una liturgia, un signo, un sacramento de que es lo único que debe perdurar. Como nos dice Walsh.
Parece fácil hacer comunidad con palabras, con pinceles. Podemos olvidar las contiendas, las diferencias, los dolores, los sufrimientos, toda la mancha de nuestra tierra, que no deja ver el arco iris que siendo de diferentes colores, unidos todos ellos forman el más bello destello de luz, el más hermoso despliegue de luminosidad que no se puede igualar? Si el carnaval es unión y diversión, el arco iris bien podría ser el pueblo, que se une para divertirse, y mostrarse unido, para brillar a pesar de sus diferencias, a pesar de la amenaza que está a las puertas del pueblo. No ya indios amenazados, sino el pueblo amenazado. No ya blancos amenazados, sino el pueblo amenazado. No ya norte ni sur amenazados, sino el pueblo amenazado.
La tierra será devuelta a sus dueños, ellos estarán en su lugar. El pueblo recupera su terreno perdido por las diferencias, que ya no son tales. Ahora se llaman vínculos, lazos, cuerdas, hilos, venas, arterias por donde la sangre corre sin ser derramada, la sangre fluye en canciones y música, en donde la sangre carnavalea, pinta, escribe, su mejor obra, su mejor creación, su mejor idea. El pueblo comunitario, la comunidad pueblerina, la comunidad como pueblo. Y el pueblo único y fuerte. Por sobre todo, único, sin grietas por donde no se escape su identidad, pero sí con puertas por donde entrar y salir, encontrarse y reencontrarse, en donde la libertad y sentirse libre, sea el mejor carnaval que dure toda la vida.

Gracias Alonso
Gracias Rodolfo Walsh
RICARDO MARIO ROMERO

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