“Sentía dentro de mí un gran vacío, como si aquellas imágenes que me
faltaban no hubiera estado buscándolas fuera de mí, sino en mi interior,y
ahora viera que dentro de mí no había nada”
(novela “El lector” de Bernhard Schilink)
El sol entraba por las ventanas ruinosas de aquel lugar terrorífico, queriendo lavar las manchas de sangre y las inscripciones que dejaron las víctimas. Los dos amigos las miraban aunque con distintas miradas.
La memoria recreaba cada una de sus vidas.
El que había estado allí oía las voces, los gritos, los ruegos. Sabía de la soledad que separaba, de la cercanía inútil con el compañero que compartía la misma suerte de dolor y muerte, ese otro mundo invisible para el resto del mundo, la certeza de un destino que clausuraba la vida.
El otro amigo inmerso en otra soledad, la del exilio, de la lejanía de una tierra que había amado,.. sus seres, sus cosas. Una ausencia doble: de todo aquello que dejó y de él mismo. Era “el otro”, cuando se miraba al espejo y se comunicaba trabajosamente con la gente del país ajeno. Veía en los muros sólo jeroglíficos, una historia que estaba oculta. Ahora era un extraño en su tierra y también él mismo en relación con su gente. Allá sabía lo que pasaba de “a oídas”, por informaciones sueltas que hablaban eufemísticamente de “los desaparecidos” o acercándose a grupos de otros compatriotas. Después supo de lo vasto y sistemático del horror.
Faltaba alguien allí: la compañera de estudios, la amiga fiel, la digna luchadora, la que era disputada y admirada por los dos. Era otra víctima más que ya no estaba, pero ellos sentían su presencia que los interpelaba, ya que esa era su modalidad.
En la silla vacía del bar la imaginaban allí sentada y uno de ellos la veía antes y después de entrar en ese espacio de muerte que hacía un rato habían estado.
Ariel, el sobreviviente le preguntó a Pablo, el exilado:
-¿Qué sentiste?.
-Por ella, mucho dolor, también por vos,.. por todos los que dejé.
Ariel insistió:-Pero yo te digo al volver y ver todo esto, el país, los juicios.
El otro hizo un silencio y le dijo:-Me vas a decir de todo, pero sinceramente, no sentí nada.
Ariel reaccionó como si le hubieran dado un mazazo. Quedó como paralizado y con la boca entreabierta.- No te entiendo-, le contestó.
Pablo trató de explicarse-Vos la tenés clara, pasaste por lo peor. Yo es posible que de a poco comprenda, que empiece a saber la verdad de lo que me pasa.
Muchos de los que volvieron se sintieron extraños y quisieron borrar todo ese pasado, incluso, muchos de los que se quedaron. Comprendieron, condenaron, pero trataron de olvidar. Me toca Dora, vos, los que conocí, pero cuando me voy alejando y veo las marchas, las protestas, los jucios, ese lugar, ya no es lo mismo
- No podés dejar que el tiempo borre la memoria. Es urgente.
Pablo le contestó como completando la idea de su amigo:-Es un trabajo a cumplir.
-Tenés que volver a ese lugar, hablar con la gente, escucharla. No basta el sentimiento. Hay que conocer y razonar.
Pablo, ensimismado en sus pensamientos, le contestó:- Esta inercia me produce incertidumbre y es como si diera lugar a la injusticia. Habría que determinar qué responsabilidad y hasta culpa tuvimos nosotros al mantenernos en silencio, en no ver, en la desmemoria, antes y después del régimen. Algo así pasó en Alemania.
- Todo eso es difícil de saber, puede que pasen muchos años. La justicia es lenta pero llega. Hay fuerzas poderosas que intentan impedirlo. Tenemos que luchar contra eso.
Está bien lo que decís, pero sigue siendo teoría. Lo principal es que cada uno se haga cargo, tiene que ver con la conciencia y vos tenés que decidirte y empezar por algo o por alguien.
Pablo lo miró y exclamó como si hubiera descubierto algo valioso:- ¡ Dora
-Está bien, ella siempre te amó, me lo dijo aquí y cuando estabas afuera.
Desde ese día Pablo, junto a parientes y amigos de Dora empezaron a abrir caminos para llegar a la verdad. Con ese caso fueron apareciendo otros. Se amontonaron informes, recortes, confesiones, implicados civiles y testigos. Recorrieron oficinas y archivos. Llegaron a pueblos lejanos. Rescataron objetos, fotos, producciones. Una acción los llevaba a otra. De una conversación se armaba un debate, de una historia reciente una pasada.
Estaba regresando auténticamente a todo lo que había dejado. Se reencontraba con todo eso y con él mismo. El equilibrio y la creatividad que exigía su oficio, la arquitectura, se reproducía en poder encontrar las respuestas en la construcción de ese edificio, más complejo e intrincado, que era el de la memoria y la verdad.
Ahora reconocía que aquel desfile de víctimas invisibilizadas por tanto tiempo, sobrevivientes sedientos de justicia y testigos decididos, eran personas reales, de carne y hueso, como también los ejecutores de los delitos, que ahora, en el juicio, después del veredicto condenatorio, los tenía delante, veía sus rostros ensombrecidos, simulando otra cosa en sus gestos, todavía sintiéndose inculpados.
Entendió que la soledad de hace unos meses y que era una continuidad de la experimentada afuera, iba cediendo y dando paso a la acción y las ideas de ese gran grupo que lo acompañaba. También que el hallazgo de la verdad en esta clase de crímenes, no dependía solamente de los recursos formales empleados habitualmente por la justicia sino había una fuerza comprometida y unificada de los que reclamaban.
Ese silencio que lo acompañó por tanto tiempo se fue llenando de voces, de risas, de cantos. Descubrió una comunicación nueva, con una resonancia inmediata en el otro, que brotaba del afecto y la participación en una causa justa y duradera en el tiempo y que se podía transmitir a otros y otras.
Creyó encontrar el significado de esa palabra tan común pero tan esquiva: “pueblo”.
Pero el logro más importante fue que ese vacío, esa nada de los sentimientos y de la razón se fue llenado de esas voces y de esos cuerpos que reclamaban, entendió esas manchas e inscripciones al volver a ese lugar con su amigo. Le había llegado la respuesta a esa pregunta “¿Qué sentiste?”. Su vida ahora tenía un sentido.
sábado, 17 de diciembre de 2011
78-33 por G.Otero y E.J.Gonzalez
Prólogo
78-33 es un libro que intenta dar cuenta de los acontecimientos ocurridos en la última dictadura militar argentina, a través de las distintas historias que se entrecruzan a lo largo del mismo.
Los distintos relatos transcurren, entonces, durante los años más oscuros y trágicos de nuestro país y el presente. En los cuatro cuentos aparecerán distintos personajes a partir de los cuales se contará una historia en común.
La vida de los protagonistas irá cambiando a través de los hechos históricos que les tocará transitar para intentar llegar a encontrar lo que con tanta pasión buscan.
Nuestro deseo es que, al leer estas páginas, se mantenga viva la lucha llevada adelante por los distintos organismos de derechos humanos entre los años 1976 – 1983 en que el país sufrió desde las mas horrendas violaciones, torturas, desapariciones de miles de hombres y mujeres que deseaban transformar a la Argentina en un lugar mas equitativo y justo hasta el robo sistemático de bebés y niños nacidos en los distintos centros clandestinos de detención.
Esperamos que nuestros lectores puedan disfrutar de esta lectura tanto como nosotros lo hicimos al escribirlo y que la historia quede grabada en la memoria de todos los argentinos para que las generaciones futuras no vivan NUNCA MAS una dictadura militar.
Los Autores.-
Si tenés alguna duda sobre tu identidad o querés conocer lo que sucedió durante la dictadura militar argentina, ingresá al sitio web de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo
www.abuelas.org.ar
Virrey Cevallos 592 PB 1 – C.A.B.A.
Tel: (011) 4384-0983 - No dudes en llamar!!!
Un día especial
Octubre de 1978
La felicidad invadía a Micaela era el momento que tanto había esperado, las últimas noches no había podido dormir, su mente no podía parar de pensar en como seria ese momento al cual se aferró en los últimos meses y lo comenzaba a vivir al sentir que estaba llegando Ernesto o Eva. Después de estos seis meses de sufrimiento, necesitaba imperiosamente aferrarse a algo puro.
El 31 de octubre se convirtió en un día especial para Micaela, por primera vez en semanas pudo abstraerse del lugar donde estaba, ese día pudo cerrar sus oídos a los gritos de dolor que pedían clemencia, los insultos que exigían respuestas, el sonido a disparos y el ruido atemorizante de la electricidad. Pudo ignorar el olor a pólvora y el aroma a carne quemada
El que llegaba era Ernesto. Su trabajo de parto no fue sencillo, ya que, el ambiente para que nazca un bebe no era el propicio, no había ventanas, era un lugar frío y oscuro que no permitía saber si era de día o de noche, no era una maternidad aunque muchos capciosamente la llamaban “La Sarda”, y el nacimiento era solo asistido por tres hombres. Micaela estaba muy dolorida y asustada porque llegaba su primer hijo y el enfermero no hacia nada por calmarla, solo le decía que se apure, uno de los dos médicos que estaban asistiéndola abrió la puerta y le dio una orden a un subordinado que estaba parado ahí. A los pocos minutos, esta persona hizo entrar a la habitación a otra mujer embarazada, era una compañera de Micaela, Celia, quien la ayudó en ese momento tan esperado. A las dos horas de estar allí, nació Ernesto y Micaela -después de tantos meses de angustia- se sintió plenamente feliz, lo abrazó muy fuerte y lo besó lo más que pudo hasta que uno de los médicos le dio una inyección para dormirla. Al despertar, lo único que pidió fue que le traigan a su hijo sin saber que esos abrazos y besos dados no los podría volver a repetir. Casi a la medianoche, Ernesto fue llevado a la Casa Cuna por un oficial que se encargaba de cumplir esas tareas. “Por fin lo trajiste Rengo, mira qué lindo es y hasta es rubiecito, en un rato viene el que le vende seguros al general con su mujer que es maestra y que hace años que están esperando un bebé”.
Aquella noche trágica
Abril de 1978
I
Era una tarde lluviosa, fría. El viento soplaba, intensamente, en el rostro pálido, casi angelical, de Josefa Migli de Scordia. Caminaba con paso lento pero firme, junto a una veintena de señoras, alrededor de la Pirámide de Mayo. Cada vuelta que daban simbolizaba un sinfín de historias individuales pero que compartían entre sí una lucha y una búsqueda de más de 35 años.
Josefa, a los 78 años de edad, busca de manera ininterrumpida a un ser que nunca conoció pero que tiene el inmenso deseo de encontrar antes de su partida. En su mirada, se puede percibir la fortaleza de una mujer que, a través de los años, fue creciendo de golpe y a los “golpes”.
El primer “golpe” que recibió fue una noche del mes de abril del año ’78. Era un viernes, día de largas y acaloradas reuniones en su casa por lo que Josefa había ido al cine con su marido Francisco con el fin de que “su princesita” fuese la anfitriona aquella noche fatal de otoño. La “princesita” como le decía cariñosamente a su única hija, Micaela, de tan sólo 19 años y estudiante de 2º año de la carrera de Sociología, quería entender la sociedad en la que vivía para poder cambiarla. Pero “Mica” como la llamaban sus amigos y, claro está, Juan, su compañero de militancia y de su vida, compartían sin saberlo, aquella noche trágica.
Entre discusiones, risas y utopías que querían transformar en realidad, la hija de Josefa y sus compañeros de lucha, escucharon una fuerte frenada de autos en la esquina de su casa. De repente, la luz de la manzana se cortó. Todos quedaron en penumbras; viéndose las caras por el reflejo de la luna. Aquellas discusiones y risas se transformaron en un silencio absoluto, apenas se podían escuchar las respiraciones de cada uno de los siete jóvenes presentes allí. Intentaron permanecer unidos y tranquilos hasta que de una patada la puerta se abrió y con ella comenzó la etapa más difícil en la vida de Josefa y Francisco: la búsqueda de su “princesita”.
II
Pasaron largos días, semanas y meses en los que lo único que Josefa y su esposo hicieron fue recorrer iglesias y comisarías con la ilusión de obtener algún indicio sobre el paradero de Micaela. Lo primero que hicieron fue pedir ayuda entre sus “amigos”. Hablaron con el párroco de la iglesia a la que asistían cada domingo y la respuesta fue “quédense tranquilos, vayan a su casa a rezar que su hijita seguro estará con algún muchachito por ahí, ya volverá”. Esa respuesta no les satisfizo porque conocían a su hija; ella no se iría sin avisarles porque los amaba mucho y nunca los hubiese preocupado de esa manera. Y, sobre todas las cosas, cuando regresaron del cine, aquella noche trágica, encontraron indicios de que algo muy raro y malo había ocurrido allí. La puerta de entrada a la casa estaba entreabierta, con la cerradura rota y un gran desorden reinaba en ese lugar.
A la semana de no tener noticias de su hija decidieron recurrir al primo de Francisco, un comisario retirado por invalidez pero que aún tenía muchísimos contactos en la fuerza. El “rengo”, como lo apodaron los agentes de la comisaría 13º, hizo un par de llamadas y les dijo que apenas tuviese alguna noticia los llamaría. Días más tarde, sonó el teléfono en la casa de los Scordia, era el “rengo”. La conversación duró, apenas, 30 segundos. Josefa salió corriendo en busca de Francisco para contarle lo que le había dicho su primo. Entre gritos y llantos los dos se abrazaron muy fuertemente intentando encontrar respuestas ante lo acontecido. Sin embargo, las respuestas que ambos esperaban tardaron un año desde aquella noche trágica.
Después de buscar y preguntar a todos los amigos, familiares y contactos que tenían, un día del mes de mayo del ’79, tocaron el timbre de la casa de los Scordia. Al abrir la puerta se encontraron con Mariano, un amigo de su hija y uno de los que había podido escapar aquella noche trágica. Hablaron durante horas hasta que Marianito –como lo llamaba Josefa por ser el mas pequeño del grupo- se largó a llorar; y entre abrazos y sollozos les contó lo que había sucedido ese viernes…el último viernes que supo algo de sus otros seis amigos. Él escapó corriendo y saltando por las terrazas aledañas a la casa. Sólo pudo ver cuando se llevaban a sus amigos, con los ojos tapados y a las patadas. Desde esa noche, aquel chico de 16 años, no pudo dormir tranquilo ni una sola vez. Sentía miedo y remordimiento por no haber echo ni dicho nada. Pero después de un largo año, su cabeza no resistió mas y decidió contarles a los padres de su amiga Mica lo que les había pasado.
Las palabras de Mariano se convirtieron en el “segundo golpe” que recibieron Josefa y Francisco: “Esa noche Mica y Juan nos contaron que esperaban un bebé y que iba a nacer a fines de octubre. Ellos querían contárselo a ustedes cuando volvieran del cine porque estaba embarazada de 3 meses y planeaban irse a vivir juntos.”
Al día siguiente y casi por azar, Josefa conoció a Delia, su vecina de la otra cuadra e integrante de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Las dos conversaron durante semanas sobre lo que les había sucedido hasta que Josefa venció sus prejuicios y temores y la acompañó a la Plaza. Junto a una veintena de mujeres, cada jueves, daban vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo, “custodiadas” por varios policías y con un solo fin: encontrar a sus hijos y nietos, pidiendo justicia.
La otra parte de la verdad
Octubre de 2011
I
En unos minutos estoy por dar la primera entrevista del día por la publicación de mi nuevo trabajo. Anhelé tanto el nacimiento de este libro, siento que este 31 de octubre es un día especial para mi, se que mi padre y mi madre estarán pendientes de la radio y la televisión para poder verme y escucharme.
Es un honor poder comenzar mi jornada hablando en este programa de radio tan escuchado, señor González Oro. En primer lugar, me gustaría presentarme, mi nombre es Nicolás Sánchez, tengo 33 años, soy abogado y hoy estoy presentando mi libro “La otra parte de la verdad: La respuesta a los que han ocultado y deformado la verdad histórica sobre la década del ´70 y el terrorismo”. Muchas personas de su audiencia quizá me conocen porque soy columnista del prestigioso diario La Nueva Provincia, un estandarte de nuestra ideología, o por mis otros dos libros “La mentira oficial” y “Algo habrán hecho”. En este trabajo, refuerzo lo mencionado en mis obras anteriores pero voy por más, ya que, creo que hoy desde el gobierno de turno nos están persiguiendo, nos están cazando. Entonces, es hora de deponer la práctica ruin de sacar ventaja de los caídos, basada, fundamentalmente, en el homenaje a unos y en el regocijo por la muerte de “los otros”. La patria necesita imperiosamente una reconciliación. El eterno rencor a nada conduce, solo a mantener vivo el odio y a fomentar que estas cosas vuelvan a pasar. Por este motivo, en mi obra expreso que es necesario primero alcanzar una verdad superadora. Para tal fin, es necesario dar a conocer la verdad en toda su extensión, que es la única verdad posible. Es sabido que quien dice la verdad a medias, miente dos veces.
II
Estoy a unas cuadras de llegar al lugar donde presentaré mi libro y en este viaje hacia el círculo militar recuerdo muchas cosas. Pienso que, a los ocho años, soñaba con ser escritor, y a medida que crecía veía que ese sueño podía convertirse en realidad y hoy, gracias al apoyo de mis padres, es algo material. A través de este libro expreso todo lo que ellos me enseñaron sobre nuestra historia, la verdad que en la actualidad se quiere ocultar sobre la guerra que comenzó en 1976.
Es un honor y un orgullo que me hayan invitado a presentar “La otra parte de la verdad” en este prestigioso lugar, antes que nada quiero señalarles que este libro esta dedicado a mi padre Álvaro, a mi madre Teresa y al doctor José Alfredo Martínez de Hoz, un gran patriota que supo dejar relegado sus intereses personales ante las necesidades de nuestra nación. El leiv motiv de mi libro es reconocer el trabajo hecho por las FF.AA. encabezadas por el general Jorge Rafael Videla, quien tuvo el valor de hacerse cargo de la conducción de la patria. Por medio de esta obra, deseo que la sociedad entienda que no toda la juventud tiene la mente enferma, que muchos jóvenes como yo reivindicamos al gobierno que se instaló en marzo de 1976 y que nos salvó del marxismo. Y esta aclaración la hago porque vivimos en una sociedad que estereotipa, por ser jóvenes creen que no pensamos en la patria o en mi caso creen que porque soy abogado y defiendo mi ideología provengo de la aristocracia argentina, pero están equivocados los que piensan eso, mi madre es maestra de grado y mi padre es vendedor de seguros, y les doy las gracias a ellos y a dios de lo que soy. Antes de despedirlos quiero hacerles una invitación, ya que, en una hora y media podrán verme con el excelentísimo periodista Mariano Grondona, quien me invito a debatir con una de esas ancianas con pañuelo que giran alrededor de una plaza hacia la nada. Y disculpen si dije debatir, porque se que esta señora expondrá algo que no tiene base ni fundamentos.
Encuentro
Octubre de 2011
2011. Lunes 31 de octubre.
Aquella mañana Josefa se levantó muy temprano, preparó café con leche con tostadas para desayunar con Francisco y se fue a su “segunda casa”, la sede de Abuelas de Plaza de Mayo.
En el camino, se encontró con su amiga Delia y juntas conversaron del programa periodístico al que iría Josefa esa noche para contar su historia y donde debatiría con un joven abogado y defensor acérrimo de los genocidas, un tal Nicolás Sánchez.
Josefa estaba muy nerviosa, presentía en su corazón que esa noche sucedería algo que cambiaría su vida. No sabía ni entendía qué pero tenía la certeza de que esa noche cambiaría el curso de su vida y, por supuesto, la de Francisco.
Después de una jornada de trabajo en Abuelas, regresó a su casa para ducharse y cambiarse de ropa para ir, junto a su marido, al programa de televisión del conductor Mariano Grondona.
Al llegar al canal le agarró muy fuerte la mano a Francisco y le dijo al oído que se sentía muy rara. Se le vinieron a la cabeza imágenes de su “princesita”. Recordó aquellos años de búsqueda intensa casi detectivesca. Pensó en su nieto porque sabía, por un amigo de Micaela que fue liberado en marzo del ‘79, que a fines de octubre había nacido el hijo que con tanto amor habían esperado Juan y su hija mientras estuvieron detenidos en la Escuela de Mecánica de la Armada. Juan y Micaela permanecieron en la ESMA hasta que nació Ernesto, dos días mas tarde, se los llevaron de ahí para arrojarlos al río en los siniestros “vuelos de la muerte”.
Pasaron unos minutos y el conductor del programa se acercó a saludarlos. Detrás de éste, se encontraba Nicolás, quien al ver a Josefa y Francisco hizo una mueca con la boca, se rió de una manera sarcástica y dijo: “miren a esos dos, buscan a la puta de su hija, subversiva y guerrillera. Bien muerta está”
A las 21hs., comenzaba el programa “Hora Clave”. Josefa se sentó enfrente de Nicolás y lo saludó con un beso en la mejilla. En ese momento, recordó el rostro de Micaela y sus gestos. Nicolás se quedó perplejo y aturdido, se notaba que estaba incomodo ante la mirada cariñosa de Josefa. Él había ido a pelear con ella y a defender a los militares que habían “defendido al país de los subversivos”, sin embargo, esa noche sintió algo muy extraño. Escuchaba las palabras de Josefa y no entendía lo que le pasaba, sentía un interés muy especial por la historia que estaba narrando aquella Abuela. Cuando le tocó el turno de tomar la palabra no supo qué decir. Ese joven que se llevaba el mundo por delante se había quedado sin palabras frente a una persona que luchaba por castigar a quienes él defendía incondicionalmente.
Josefa hablaba sin parar; sus palabras despertaban la atención de Nicolás hasta el punto de transformarle la cara. Los argumentos que él había esbozado durante sus 33 años entraron en una contradicción irresoluble: Nicolás sentía ganas de abrazar a Josefa y, a la vez, sentía odio por querer hacerlo. Su mente estaba en blanco y, de repente, tuvo muchas ganas de llorar sin saber por qué.
Al término del programa, Josefa se acercó a Nicolás y lo saludó como si saludara a su hija o, mejor dicho, a su nieto Ernesto. Nicolás con los ojos llenos de lágrimas se despidió de ella. Tal vez, en ese instante pensó en sus verdaderos padres, en el abandono que debió vivir sin quererlo, en una historia de vida que nunca intentó conocer. Quizás, por miedo a descubrir una verdad dolorosa y diferente a la construida en su cabeza.
Ambos se fueron sintiendo que ésa no seria la última vez que se vieran las caras.
78-33 es un libro que intenta dar cuenta de los acontecimientos ocurridos en la última dictadura militar argentina, a través de las distintas historias que se entrecruzan a lo largo del mismo.
Los distintos relatos transcurren, entonces, durante los años más oscuros y trágicos de nuestro país y el presente. En los cuatro cuentos aparecerán distintos personajes a partir de los cuales se contará una historia en común.
La vida de los protagonistas irá cambiando a través de los hechos históricos que les tocará transitar para intentar llegar a encontrar lo que con tanta pasión buscan.
Nuestro deseo es que, al leer estas páginas, se mantenga viva la lucha llevada adelante por los distintos organismos de derechos humanos entre los años 1976 – 1983 en que el país sufrió desde las mas horrendas violaciones, torturas, desapariciones de miles de hombres y mujeres que deseaban transformar a la Argentina en un lugar mas equitativo y justo hasta el robo sistemático de bebés y niños nacidos en los distintos centros clandestinos de detención.
Esperamos que nuestros lectores puedan disfrutar de esta lectura tanto como nosotros lo hicimos al escribirlo y que la historia quede grabada en la memoria de todos los argentinos para que las generaciones futuras no vivan NUNCA MAS una dictadura militar.
Los Autores.-
Si tenés alguna duda sobre tu identidad o querés conocer lo que sucedió durante la dictadura militar argentina, ingresá al sitio web de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo
www.abuelas.org.ar
Virrey Cevallos 592 PB 1 – C.A.B.A.
Tel: (011) 4384-0983 - No dudes en llamar!!!
Un día especial
Octubre de 1978
La felicidad invadía a Micaela era el momento que tanto había esperado, las últimas noches no había podido dormir, su mente no podía parar de pensar en como seria ese momento al cual se aferró en los últimos meses y lo comenzaba a vivir al sentir que estaba llegando Ernesto o Eva. Después de estos seis meses de sufrimiento, necesitaba imperiosamente aferrarse a algo puro.
El 31 de octubre se convirtió en un día especial para Micaela, por primera vez en semanas pudo abstraerse del lugar donde estaba, ese día pudo cerrar sus oídos a los gritos de dolor que pedían clemencia, los insultos que exigían respuestas, el sonido a disparos y el ruido atemorizante de la electricidad. Pudo ignorar el olor a pólvora y el aroma a carne quemada
El que llegaba era Ernesto. Su trabajo de parto no fue sencillo, ya que, el ambiente para que nazca un bebe no era el propicio, no había ventanas, era un lugar frío y oscuro que no permitía saber si era de día o de noche, no era una maternidad aunque muchos capciosamente la llamaban “La Sarda”, y el nacimiento era solo asistido por tres hombres. Micaela estaba muy dolorida y asustada porque llegaba su primer hijo y el enfermero no hacia nada por calmarla, solo le decía que se apure, uno de los dos médicos que estaban asistiéndola abrió la puerta y le dio una orden a un subordinado que estaba parado ahí. A los pocos minutos, esta persona hizo entrar a la habitación a otra mujer embarazada, era una compañera de Micaela, Celia, quien la ayudó en ese momento tan esperado. A las dos horas de estar allí, nació Ernesto y Micaela -después de tantos meses de angustia- se sintió plenamente feliz, lo abrazó muy fuerte y lo besó lo más que pudo hasta que uno de los médicos le dio una inyección para dormirla. Al despertar, lo único que pidió fue que le traigan a su hijo sin saber que esos abrazos y besos dados no los podría volver a repetir. Casi a la medianoche, Ernesto fue llevado a la Casa Cuna por un oficial que se encargaba de cumplir esas tareas. “Por fin lo trajiste Rengo, mira qué lindo es y hasta es rubiecito, en un rato viene el que le vende seguros al general con su mujer que es maestra y que hace años que están esperando un bebé”.
Aquella noche trágica
Abril de 1978
I
Era una tarde lluviosa, fría. El viento soplaba, intensamente, en el rostro pálido, casi angelical, de Josefa Migli de Scordia. Caminaba con paso lento pero firme, junto a una veintena de señoras, alrededor de la Pirámide de Mayo. Cada vuelta que daban simbolizaba un sinfín de historias individuales pero que compartían entre sí una lucha y una búsqueda de más de 35 años.
Josefa, a los 78 años de edad, busca de manera ininterrumpida a un ser que nunca conoció pero que tiene el inmenso deseo de encontrar antes de su partida. En su mirada, se puede percibir la fortaleza de una mujer que, a través de los años, fue creciendo de golpe y a los “golpes”.
El primer “golpe” que recibió fue una noche del mes de abril del año ’78. Era un viernes, día de largas y acaloradas reuniones en su casa por lo que Josefa había ido al cine con su marido Francisco con el fin de que “su princesita” fuese la anfitriona aquella noche fatal de otoño. La “princesita” como le decía cariñosamente a su única hija, Micaela, de tan sólo 19 años y estudiante de 2º año de la carrera de Sociología, quería entender la sociedad en la que vivía para poder cambiarla. Pero “Mica” como la llamaban sus amigos y, claro está, Juan, su compañero de militancia y de su vida, compartían sin saberlo, aquella noche trágica.
Entre discusiones, risas y utopías que querían transformar en realidad, la hija de Josefa y sus compañeros de lucha, escucharon una fuerte frenada de autos en la esquina de su casa. De repente, la luz de la manzana se cortó. Todos quedaron en penumbras; viéndose las caras por el reflejo de la luna. Aquellas discusiones y risas se transformaron en un silencio absoluto, apenas se podían escuchar las respiraciones de cada uno de los siete jóvenes presentes allí. Intentaron permanecer unidos y tranquilos hasta que de una patada la puerta se abrió y con ella comenzó la etapa más difícil en la vida de Josefa y Francisco: la búsqueda de su “princesita”.
II
Pasaron largos días, semanas y meses en los que lo único que Josefa y su esposo hicieron fue recorrer iglesias y comisarías con la ilusión de obtener algún indicio sobre el paradero de Micaela. Lo primero que hicieron fue pedir ayuda entre sus “amigos”. Hablaron con el párroco de la iglesia a la que asistían cada domingo y la respuesta fue “quédense tranquilos, vayan a su casa a rezar que su hijita seguro estará con algún muchachito por ahí, ya volverá”. Esa respuesta no les satisfizo porque conocían a su hija; ella no se iría sin avisarles porque los amaba mucho y nunca los hubiese preocupado de esa manera. Y, sobre todas las cosas, cuando regresaron del cine, aquella noche trágica, encontraron indicios de que algo muy raro y malo había ocurrido allí. La puerta de entrada a la casa estaba entreabierta, con la cerradura rota y un gran desorden reinaba en ese lugar.
A la semana de no tener noticias de su hija decidieron recurrir al primo de Francisco, un comisario retirado por invalidez pero que aún tenía muchísimos contactos en la fuerza. El “rengo”, como lo apodaron los agentes de la comisaría 13º, hizo un par de llamadas y les dijo que apenas tuviese alguna noticia los llamaría. Días más tarde, sonó el teléfono en la casa de los Scordia, era el “rengo”. La conversación duró, apenas, 30 segundos. Josefa salió corriendo en busca de Francisco para contarle lo que le había dicho su primo. Entre gritos y llantos los dos se abrazaron muy fuertemente intentando encontrar respuestas ante lo acontecido. Sin embargo, las respuestas que ambos esperaban tardaron un año desde aquella noche trágica.
Después de buscar y preguntar a todos los amigos, familiares y contactos que tenían, un día del mes de mayo del ’79, tocaron el timbre de la casa de los Scordia. Al abrir la puerta se encontraron con Mariano, un amigo de su hija y uno de los que había podido escapar aquella noche trágica. Hablaron durante horas hasta que Marianito –como lo llamaba Josefa por ser el mas pequeño del grupo- se largó a llorar; y entre abrazos y sollozos les contó lo que había sucedido ese viernes…el último viernes que supo algo de sus otros seis amigos. Él escapó corriendo y saltando por las terrazas aledañas a la casa. Sólo pudo ver cuando se llevaban a sus amigos, con los ojos tapados y a las patadas. Desde esa noche, aquel chico de 16 años, no pudo dormir tranquilo ni una sola vez. Sentía miedo y remordimiento por no haber echo ni dicho nada. Pero después de un largo año, su cabeza no resistió mas y decidió contarles a los padres de su amiga Mica lo que les había pasado.
Las palabras de Mariano se convirtieron en el “segundo golpe” que recibieron Josefa y Francisco: “Esa noche Mica y Juan nos contaron que esperaban un bebé y que iba a nacer a fines de octubre. Ellos querían contárselo a ustedes cuando volvieran del cine porque estaba embarazada de 3 meses y planeaban irse a vivir juntos.”
Al día siguiente y casi por azar, Josefa conoció a Delia, su vecina de la otra cuadra e integrante de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Las dos conversaron durante semanas sobre lo que les había sucedido hasta que Josefa venció sus prejuicios y temores y la acompañó a la Plaza. Junto a una veintena de mujeres, cada jueves, daban vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo, “custodiadas” por varios policías y con un solo fin: encontrar a sus hijos y nietos, pidiendo justicia.
La otra parte de la verdad
Octubre de 2011
I
En unos minutos estoy por dar la primera entrevista del día por la publicación de mi nuevo trabajo. Anhelé tanto el nacimiento de este libro, siento que este 31 de octubre es un día especial para mi, se que mi padre y mi madre estarán pendientes de la radio y la televisión para poder verme y escucharme.
Es un honor poder comenzar mi jornada hablando en este programa de radio tan escuchado, señor González Oro. En primer lugar, me gustaría presentarme, mi nombre es Nicolás Sánchez, tengo 33 años, soy abogado y hoy estoy presentando mi libro “La otra parte de la verdad: La respuesta a los que han ocultado y deformado la verdad histórica sobre la década del ´70 y el terrorismo”. Muchas personas de su audiencia quizá me conocen porque soy columnista del prestigioso diario La Nueva Provincia, un estandarte de nuestra ideología, o por mis otros dos libros “La mentira oficial” y “Algo habrán hecho”. En este trabajo, refuerzo lo mencionado en mis obras anteriores pero voy por más, ya que, creo que hoy desde el gobierno de turno nos están persiguiendo, nos están cazando. Entonces, es hora de deponer la práctica ruin de sacar ventaja de los caídos, basada, fundamentalmente, en el homenaje a unos y en el regocijo por la muerte de “los otros”. La patria necesita imperiosamente una reconciliación. El eterno rencor a nada conduce, solo a mantener vivo el odio y a fomentar que estas cosas vuelvan a pasar. Por este motivo, en mi obra expreso que es necesario primero alcanzar una verdad superadora. Para tal fin, es necesario dar a conocer la verdad en toda su extensión, que es la única verdad posible. Es sabido que quien dice la verdad a medias, miente dos veces.
II
Estoy a unas cuadras de llegar al lugar donde presentaré mi libro y en este viaje hacia el círculo militar recuerdo muchas cosas. Pienso que, a los ocho años, soñaba con ser escritor, y a medida que crecía veía que ese sueño podía convertirse en realidad y hoy, gracias al apoyo de mis padres, es algo material. A través de este libro expreso todo lo que ellos me enseñaron sobre nuestra historia, la verdad que en la actualidad se quiere ocultar sobre la guerra que comenzó en 1976.
Es un honor y un orgullo que me hayan invitado a presentar “La otra parte de la verdad” en este prestigioso lugar, antes que nada quiero señalarles que este libro esta dedicado a mi padre Álvaro, a mi madre Teresa y al doctor José Alfredo Martínez de Hoz, un gran patriota que supo dejar relegado sus intereses personales ante las necesidades de nuestra nación. El leiv motiv de mi libro es reconocer el trabajo hecho por las FF.AA. encabezadas por el general Jorge Rafael Videla, quien tuvo el valor de hacerse cargo de la conducción de la patria. Por medio de esta obra, deseo que la sociedad entienda que no toda la juventud tiene la mente enferma, que muchos jóvenes como yo reivindicamos al gobierno que se instaló en marzo de 1976 y que nos salvó del marxismo. Y esta aclaración la hago porque vivimos en una sociedad que estereotipa, por ser jóvenes creen que no pensamos en la patria o en mi caso creen que porque soy abogado y defiendo mi ideología provengo de la aristocracia argentina, pero están equivocados los que piensan eso, mi madre es maestra de grado y mi padre es vendedor de seguros, y les doy las gracias a ellos y a dios de lo que soy. Antes de despedirlos quiero hacerles una invitación, ya que, en una hora y media podrán verme con el excelentísimo periodista Mariano Grondona, quien me invito a debatir con una de esas ancianas con pañuelo que giran alrededor de una plaza hacia la nada. Y disculpen si dije debatir, porque se que esta señora expondrá algo que no tiene base ni fundamentos.
Encuentro
Octubre de 2011
2011. Lunes 31 de octubre.
Aquella mañana Josefa se levantó muy temprano, preparó café con leche con tostadas para desayunar con Francisco y se fue a su “segunda casa”, la sede de Abuelas de Plaza de Mayo.
En el camino, se encontró con su amiga Delia y juntas conversaron del programa periodístico al que iría Josefa esa noche para contar su historia y donde debatiría con un joven abogado y defensor acérrimo de los genocidas, un tal Nicolás Sánchez.
Josefa estaba muy nerviosa, presentía en su corazón que esa noche sucedería algo que cambiaría su vida. No sabía ni entendía qué pero tenía la certeza de que esa noche cambiaría el curso de su vida y, por supuesto, la de Francisco.
Después de una jornada de trabajo en Abuelas, regresó a su casa para ducharse y cambiarse de ropa para ir, junto a su marido, al programa de televisión del conductor Mariano Grondona.
Al llegar al canal le agarró muy fuerte la mano a Francisco y le dijo al oído que se sentía muy rara. Se le vinieron a la cabeza imágenes de su “princesita”. Recordó aquellos años de búsqueda intensa casi detectivesca. Pensó en su nieto porque sabía, por un amigo de Micaela que fue liberado en marzo del ‘79, que a fines de octubre había nacido el hijo que con tanto amor habían esperado Juan y su hija mientras estuvieron detenidos en la Escuela de Mecánica de la Armada. Juan y Micaela permanecieron en la ESMA hasta que nació Ernesto, dos días mas tarde, se los llevaron de ahí para arrojarlos al río en los siniestros “vuelos de la muerte”.
Pasaron unos minutos y el conductor del programa se acercó a saludarlos. Detrás de éste, se encontraba Nicolás, quien al ver a Josefa y Francisco hizo una mueca con la boca, se rió de una manera sarcástica y dijo: “miren a esos dos, buscan a la puta de su hija, subversiva y guerrillera. Bien muerta está”
A las 21hs., comenzaba el programa “Hora Clave”. Josefa se sentó enfrente de Nicolás y lo saludó con un beso en la mejilla. En ese momento, recordó el rostro de Micaela y sus gestos. Nicolás se quedó perplejo y aturdido, se notaba que estaba incomodo ante la mirada cariñosa de Josefa. Él había ido a pelear con ella y a defender a los militares que habían “defendido al país de los subversivos”, sin embargo, esa noche sintió algo muy extraño. Escuchaba las palabras de Josefa y no entendía lo que le pasaba, sentía un interés muy especial por la historia que estaba narrando aquella Abuela. Cuando le tocó el turno de tomar la palabra no supo qué decir. Ese joven que se llevaba el mundo por delante se había quedado sin palabras frente a una persona que luchaba por castigar a quienes él defendía incondicionalmente.
Josefa hablaba sin parar; sus palabras despertaban la atención de Nicolás hasta el punto de transformarle la cara. Los argumentos que él había esbozado durante sus 33 años entraron en una contradicción irresoluble: Nicolás sentía ganas de abrazar a Josefa y, a la vez, sentía odio por querer hacerlo. Su mente estaba en blanco y, de repente, tuvo muchas ganas de llorar sin saber por qué.
Al término del programa, Josefa se acercó a Nicolás y lo saludó como si saludara a su hija o, mejor dicho, a su nieto Ernesto. Nicolás con los ojos llenos de lágrimas se despidió de ella. Tal vez, en ese instante pensó en sus verdaderos padres, en el abandono que debió vivir sin quererlo, en una historia de vida que nunca intentó conocer. Quizás, por miedo a descubrir una verdad dolorosa y diferente a la construida en su cabeza.
Ambos se fueron sintiendo que ésa no seria la última vez que se vieran las caras.
domingo, 4 de diciembre de 2011
Al abrigo del mundo, algo escondido por Natalia LUCIAN VARGHA
Solo vuelvo a la condición animal cuando
me miras. A solas soy un ser de armonioso
trazado; si me decidiera a negarte mi
muerte, libraríamos una extraña batalla,
tú contra el monstruo, yo mirándote combatir
con una imagen que no reconozco mía.
_Minotauro a Teseo_ LOS REYES
Julio Cortázar
En el presente trabajo nos gustaría reflexionar sobre la idea de la construcción social de la persona. Es decir, pensar en el doble juego que esto implica: por un lado, la forma en que nos define la mirada del otro, el rol que nos otorga; y, por otro lado, lo que ocultamos o damos a conocer de nosotros mismos a los demás, para que construyan una imagen de nosotros, ya sea real o ficticia. Debido a estas ideas es que elegimos el título de este trabajo. Este juego social es intricando, oscuro, laberíntico, podemos perdernos en él, olvidar quiénes somos por usar una máscara que otro nos impone, creer que somos el disfraz que le mostramos a los demás, pensar que el parecer es el ser.
Hernán Ronsino , en el encuentro que tuvimos con él en el espacio del taller, el día 19 de agosto del corriente, comentó que en un pueblo la cuestión de las máscaras y de las identidades es muy importante. Pensamos que el pueblo es una puesta en abismo de lo que pasa en todo grupo social, en lo concerniente a la mirada del otro en la construcción de mi identidad, de mi rol, de mi rango social, de mi aparente ser. Con este oxímoron, aparente ser, queremos evidenciar la dificultad de poder ver al otro como es, sin el disfraz; así como también, el conflicto de conocernos a nosotros mismos fuera del rol impuesto socialmente, fuera de la mirada del otro. En la novela Glaxo , aparecen varias voces para contar una historia, que se presenta fragmentada. Estos diferentes narradores cuentan piezas, partes, cortes de una verdad que los lectores vamos armando, uniendo. Asimismo, lo que dejamos salir a la luz de nuestro ser no son más que fragmentos de nosotros mismos, trozos de una verdad que intentamos unir, y que podemos conocer o no. Esta idea se expresa claramente en la obra del artista Carlos Alonso Carne5. En esta obra, a partir de los trozos de carne, debemos edificar la totalidad. Además, la sangre, la violencia de los cortes hacen evidente la dificultad de construir nuestro ser luego de ser mutilado, ya por presiones sociales, ya por la mirada del otro, ya por nosotros mismos que abrigamos el secreto de lo que en verdad sentimos y somos:
Si bien, en cierta forma, la máscara nos oculta y protege ante los otros. Incluso, tomando el cuento Al abrigo de Saer , podemos decir que el disfraz abriga nuestros secretos y que esos secretos nos definen como persona más que lo que exponemos, más que lo que dejamos visible, como muestra la siguiente cita:
“… su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomían en el desván…”
“… su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos…”
También, el otro se disfraza, se vuelve oscuro, dificultando en ese extrañamiento nuestro conocimiento de su ser, de su verdad, de su plan. Esto queda de manifiesto en la canción Nuestro amo juega al esclavo . Allí, la mentira, el juego de máscaras, disfrazan la violencia simbólica de la autoridad. ¿Cuál es su plan? ¿Qué papel cumplo yo en ese plan? ¿Soy consciente o ciego frente a esto? ¿Me ubico en el rol que la autoridad me impone o me corro de él? ¿Aparento seguir su juego, pero genero movimientos subversivos en secreto?
De igual modo, en la portada del disco de Patricio Rey y sus redonditos de ricota, intertextualidad con la obra de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo, observamos que los fusiladores están vestidos con ropa de la Cruz Roja:
O sea, quien debía cuidarnos, nos asesina; o lo que es peor, los asesinos se disfrazan de los que pretenden cuidarnos. El ser y el parecer del otro y de nosotros mismos se ponen en primera plana. Esta idea nos hace presente la pintura de Magritte La reproducción prohibida:
Ella representa la dificultad de conocer el ser del otro y de nosotros mismos, el verdadero rostro, el secreto que ocultamos y que nos define. Como ocurre en el cuento La marca del ganado de Pablo de Santis . A saber, el narrador gana poder al descubrir el secreto del veterinario Vidal, puede ver su ser y parecer: veterinario y mutilador:
“…entonces se dedicó a curar pero también a matar y mutilar, a dejar en la noche las letras sangrientas de su mensaje…”
Por otro lado, ese descreimiento hacia la autoridad que propone Patricio Rey, también, se manifiesta en el cuento de Rodolfo Walsh Un oscuro día de justicia, ya que ni el pequeño Collins, ni Malcolm apelan a la justicia dentro de las autoridades de la institución. Este hecho lleva al pueblo a la construcción social de la imagen de Malcolm como un héroe. El cuento pone de manifiesto la forma colectiva de esa creación. Por tal motivo, se utiliza el discurso indirecto libre, según el cual la voz del narrador se confunde con otras voces, explicitando el hecho de que el rango axiológico del personaje de Malcolm es una construcción discursiva colectiva:
“… Malcolm, en la versión inicial de Collins, era un hombre más bien alto y rubio (…) Sutiles cambios aparecieron al segundo día de la espera…”
“… en la mañana del tercer día se supo que Malcolm había sido un héroe en la guerra…”
“… la imagen final adoptada por el sentimiento colectivo mostraba un Malcolm que (…) se parecía a la versión original…”
Cerrando este trabajo, nos gustaría explicar la utilización del epígrafe. En él se evidencia la distancia entre cómo nos ve el otro y cómo nos vemos nosotros. Esta separación, esta grieta se agranda con los secretos, las máscaras, los disfraces que abrigan nuestro verdadero ser y el del otro. Incluso, a veces se dificulta alcanzar el conocimiento de nosotros mismos. Como el Minotauro, debemos recorrer los intricados y oscuros laberintos interiores para comprender nuestro lugar social, nuestro verdadero rostro, despojándolo de toda imposición exterior. Debemos ver en la oscuridad, prestar atención a lo oscuro en nuestra vida, como lo hace el pueblo en el cuento de Walsh, con el firme propósito de saber quiénes somos.
me miras. A solas soy un ser de armonioso
trazado; si me decidiera a negarte mi
muerte, libraríamos una extraña batalla,
tú contra el monstruo, yo mirándote combatir
con una imagen que no reconozco mía.
_Minotauro a Teseo_ LOS REYES
Julio Cortázar
En el presente trabajo nos gustaría reflexionar sobre la idea de la construcción social de la persona. Es decir, pensar en el doble juego que esto implica: por un lado, la forma en que nos define la mirada del otro, el rol que nos otorga; y, por otro lado, lo que ocultamos o damos a conocer de nosotros mismos a los demás, para que construyan una imagen de nosotros, ya sea real o ficticia. Debido a estas ideas es que elegimos el título de este trabajo. Este juego social es intricando, oscuro, laberíntico, podemos perdernos en él, olvidar quiénes somos por usar una máscara que otro nos impone, creer que somos el disfraz que le mostramos a los demás, pensar que el parecer es el ser.
Hernán Ronsino , en el encuentro que tuvimos con él en el espacio del taller, el día 19 de agosto del corriente, comentó que en un pueblo la cuestión de las máscaras y de las identidades es muy importante. Pensamos que el pueblo es una puesta en abismo de lo que pasa en todo grupo social, en lo concerniente a la mirada del otro en la construcción de mi identidad, de mi rol, de mi rango social, de mi aparente ser. Con este oxímoron, aparente ser, queremos evidenciar la dificultad de poder ver al otro como es, sin el disfraz; así como también, el conflicto de conocernos a nosotros mismos fuera del rol impuesto socialmente, fuera de la mirada del otro. En la novela Glaxo , aparecen varias voces para contar una historia, que se presenta fragmentada. Estos diferentes narradores cuentan piezas, partes, cortes de una verdad que los lectores vamos armando, uniendo. Asimismo, lo que dejamos salir a la luz de nuestro ser no son más que fragmentos de nosotros mismos, trozos de una verdad que intentamos unir, y que podemos conocer o no. Esta idea se expresa claramente en la obra del artista Carlos Alonso Carne5. En esta obra, a partir de los trozos de carne, debemos edificar la totalidad. Además, la sangre, la violencia de los cortes hacen evidente la dificultad de construir nuestro ser luego de ser mutilado, ya por presiones sociales, ya por la mirada del otro, ya por nosotros mismos que abrigamos el secreto de lo que en verdad sentimos y somos:
Si bien, en cierta forma, la máscara nos oculta y protege ante los otros. Incluso, tomando el cuento Al abrigo de Saer , podemos decir que el disfraz abriga nuestros secretos y que esos secretos nos definen como persona más que lo que exponemos, más que lo que dejamos visible, como muestra la siguiente cita:
“… su vida entera se definía no por sus actividades cotidianas ejercidas a la luz del día, sino por ese rollo de billetes que se carcomían en el desván…”
“… su vida, su verdadera vida, según su nueva intuición, transcurría en alguna parte, en lo negro, al abrigo de los acontecimientos…”
También, el otro se disfraza, se vuelve oscuro, dificultando en ese extrañamiento nuestro conocimiento de su ser, de su verdad, de su plan. Esto queda de manifiesto en la canción Nuestro amo juega al esclavo . Allí, la mentira, el juego de máscaras, disfrazan la violencia simbólica de la autoridad. ¿Cuál es su plan? ¿Qué papel cumplo yo en ese plan? ¿Soy consciente o ciego frente a esto? ¿Me ubico en el rol que la autoridad me impone o me corro de él? ¿Aparento seguir su juego, pero genero movimientos subversivos en secreto?
De igual modo, en la portada del disco de Patricio Rey y sus redonditos de ricota, intertextualidad con la obra de Goya Los fusilamientos del 3 de mayo, observamos que los fusiladores están vestidos con ropa de la Cruz Roja:
O sea, quien debía cuidarnos, nos asesina; o lo que es peor, los asesinos se disfrazan de los que pretenden cuidarnos. El ser y el parecer del otro y de nosotros mismos se ponen en primera plana. Esta idea nos hace presente la pintura de Magritte La reproducción prohibida:
Ella representa la dificultad de conocer el ser del otro y de nosotros mismos, el verdadero rostro, el secreto que ocultamos y que nos define. Como ocurre en el cuento La marca del ganado de Pablo de Santis . A saber, el narrador gana poder al descubrir el secreto del veterinario Vidal, puede ver su ser y parecer: veterinario y mutilador:
“…entonces se dedicó a curar pero también a matar y mutilar, a dejar en la noche las letras sangrientas de su mensaje…”
Por otro lado, ese descreimiento hacia la autoridad que propone Patricio Rey, también, se manifiesta en el cuento de Rodolfo Walsh Un oscuro día de justicia, ya que ni el pequeño Collins, ni Malcolm apelan a la justicia dentro de las autoridades de la institución. Este hecho lleva al pueblo a la construcción social de la imagen de Malcolm como un héroe. El cuento pone de manifiesto la forma colectiva de esa creación. Por tal motivo, se utiliza el discurso indirecto libre, según el cual la voz del narrador se confunde con otras voces, explicitando el hecho de que el rango axiológico del personaje de Malcolm es una construcción discursiva colectiva:
“… Malcolm, en la versión inicial de Collins, era un hombre más bien alto y rubio (…) Sutiles cambios aparecieron al segundo día de la espera…”
“… en la mañana del tercer día se supo que Malcolm había sido un héroe en la guerra…”
“… la imagen final adoptada por el sentimiento colectivo mostraba un Malcolm que (…) se parecía a la versión original…”
Cerrando este trabajo, nos gustaría explicar la utilización del epígrafe. En él se evidencia la distancia entre cómo nos ve el otro y cómo nos vemos nosotros. Esta separación, esta grieta se agranda con los secretos, las máscaras, los disfraces que abrigan nuestro verdadero ser y el del otro. Incluso, a veces se dificulta alcanzar el conocimiento de nosotros mismos. Como el Minotauro, debemos recorrer los intricados y oscuros laberintos interiores para comprender nuestro lugar social, nuestro verdadero rostro, despojándolo de toda imposición exterior. Debemos ver en la oscuridad, prestar atención a lo oscuro en nuestra vida, como lo hace el pueblo en el cuento de Walsh, con el firme propósito de saber quiénes somos.
Película Mala época .Características de los lazos que atraviesan las relaciones comunitarias por Gabriel Castriota.
Comunidad: “conjunto de individuos que comparten elementos en común, como ser un idioma, costumbres, valores, tareas, visión del mundo, edad, ubicación geográfica, estatus social, roles, creando una identidad común, mediante la diferenciación de otros grupos o comunidades”. Tal es la definición que se corresponde con el sentido “ideal” del concepto. Mas cuán frecuentemente somos testigos de si existe una comunidad es una pregunta difícil de contestar. En ocasiones es casi más propio advertir su falta que su presencia.
Fijémonos en el caso de Mala época, película argentina de 1998: en una sola noche, recorremos historias donde tópicos como el trabajo, el dinero, la sordidez nos dejan ante la evidencia de un mundo fragmentado por la búsqueda de algo que está irremediablemente fuera de alcance: la felicidad. (Dicho de este modo, parece muy original, no obstante que de larga data es este sentimiento de carencia entre los argentinos: basta con leer la letra de cualquier tango para desterrar la falacia de que todo tiempo pasado fue mejor). Me viene así a la memoria una canción de Daniel Agostini: “…La felicidad se ha vuelto / un mito perdido / ¿Cómo ser feliz si somos / un pueblo mentido?...” . Creo que en última instancia, es el tema principal de nuestra época aun si no el único de Mala Época, film que se revela como una poderosa autocrítica: en busca de mejorar sus condiciones de vida, el desarraigo es el precio que deberá pagar el protagonista; otro tanto sucede al grupo de obreros cuyo intento de introspección se ve frustrado por la incomprensión de sus patrones; a un chiquilín, el hallazgo de una fortuna en una valija le cuesta romper lazos con su entorno y huir… Evidentemente al director, más que una pintura de situaciones, le interesa poner al espectador en los zapatos de alguien más por medir cómo reacciona aquel. En todo caso, no es difícil la identificación con los personajes: ¿se compensa el dolor del desarraigo con la promesa de una mejor vida?; ¿el mantenimiento de un empleo excusa el perder las propias raíces?; si la oferta de una fortuna fácil supusiese el exilio ¿responderíamos con aceptación o rechazo?...
En las dos primeras historias, la respuesta parece ser un NO rotundo: en la 1, el vínculo entre hermanos, pese a la distancia y al tiempo, no se disuelve, subsisten en el afecto y la mutuo socorro, así como, en la 2, de ninguna manera van estos obreros inmigrantes a olvidar el pasado que los une (idioma, valores, la fe). Sólo la 3 representaría una excepción, me digo, por su cercanía a una quimera o sueño común a todos los latinos, el de una valija de dinero: ¿quién no ha soñado jamás con la perspectiva de la fortuna servida en bandeja, o con robarle la novia a otro (tal cual en Glaxo ) o con romperle la cara a un superior (Un oscuro día de justicia )?
“El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”, afirma Jacobo Rousseau en El Contrato social. Según esta corriente de pensamiento, al suscribir en un grupo, acordamos someternos a una autoridad y a ciertas reglas de juego: en la escuela, a la jerarquía escolar y el Reglamento de Convivencia; en el trabajo, a las directivas de la entidad empleadora; en el gobierno, a los poderes a cargo y a las leyes constitucionales, etc. El problema es cuán frecuentemente dicha suscripción conlleva la renuncia colateral a ciertas prerrogativas que se supone, perjudicarían al bien común: así, por ejemplo, en una escuela de habla española, un alumno indígena deberá olvidar sus orígenes; o en un empleo, sus principios. A los obreros los obligarán pues por la violencia a dejarse de introspecciones; al joven provinciano, lejos de los suyos, el fantasma del desalojo lo lanzará con mayor vehemencia a la transgresión y al delito; y al chiquilín con su valija, al destierro autoimpuesto.
¡Qué cargada de escepticismo está entonces Mala época con su testimonio de pérdidas!
¿Cómo extrañarse de que sus protagonistas vivan una existencia gris, anhelando nuevos horizontes y decididos a llegar a cualquier extremo con tal de alcanzar esa olla de oro lado del arcoíris?
Fijémonos en el caso de Mala época, película argentina de 1998: en una sola noche, recorremos historias donde tópicos como el trabajo, el dinero, la sordidez nos dejan ante la evidencia de un mundo fragmentado por la búsqueda de algo que está irremediablemente fuera de alcance: la felicidad. (Dicho de este modo, parece muy original, no obstante que de larga data es este sentimiento de carencia entre los argentinos: basta con leer la letra de cualquier tango para desterrar la falacia de que todo tiempo pasado fue mejor). Me viene así a la memoria una canción de Daniel Agostini: “…La felicidad se ha vuelto / un mito perdido / ¿Cómo ser feliz si somos / un pueblo mentido?...” . Creo que en última instancia, es el tema principal de nuestra época aun si no el único de Mala Época, film que se revela como una poderosa autocrítica: en busca de mejorar sus condiciones de vida, el desarraigo es el precio que deberá pagar el protagonista; otro tanto sucede al grupo de obreros cuyo intento de introspección se ve frustrado por la incomprensión de sus patrones; a un chiquilín, el hallazgo de una fortuna en una valija le cuesta romper lazos con su entorno y huir… Evidentemente al director, más que una pintura de situaciones, le interesa poner al espectador en los zapatos de alguien más por medir cómo reacciona aquel. En todo caso, no es difícil la identificación con los personajes: ¿se compensa el dolor del desarraigo con la promesa de una mejor vida?; ¿el mantenimiento de un empleo excusa el perder las propias raíces?; si la oferta de una fortuna fácil supusiese el exilio ¿responderíamos con aceptación o rechazo?...
En las dos primeras historias, la respuesta parece ser un NO rotundo: en la 1, el vínculo entre hermanos, pese a la distancia y al tiempo, no se disuelve, subsisten en el afecto y la mutuo socorro, así como, en la 2, de ninguna manera van estos obreros inmigrantes a olvidar el pasado que los une (idioma, valores, la fe). Sólo la 3 representaría una excepción, me digo, por su cercanía a una quimera o sueño común a todos los latinos, el de una valija de dinero: ¿quién no ha soñado jamás con la perspectiva de la fortuna servida en bandeja, o con robarle la novia a otro (tal cual en Glaxo ) o con romperle la cara a un superior (Un oscuro día de justicia )?
“El hombre nace libre, pero en todos lados está encadenado”, afirma Jacobo Rousseau en El Contrato social. Según esta corriente de pensamiento, al suscribir en un grupo, acordamos someternos a una autoridad y a ciertas reglas de juego: en la escuela, a la jerarquía escolar y el Reglamento de Convivencia; en el trabajo, a las directivas de la entidad empleadora; en el gobierno, a los poderes a cargo y a las leyes constitucionales, etc. El problema es cuán frecuentemente dicha suscripción conlleva la renuncia colateral a ciertas prerrogativas que se supone, perjudicarían al bien común: así, por ejemplo, en una escuela de habla española, un alumno indígena deberá olvidar sus orígenes; o en un empleo, sus principios. A los obreros los obligarán pues por la violencia a dejarse de introspecciones; al joven provinciano, lejos de los suyos, el fantasma del desalojo lo lanzará con mayor vehemencia a la transgresión y al delito; y al chiquilín con su valija, al destierro autoimpuesto.
¡Qué cargada de escepticismo está entonces Mala época con su testimonio de pérdidas!
¿Cómo extrañarse de que sus protagonistas vivan una existencia gris, anhelando nuevos horizontes y decididos a llegar a cualquier extremo con tal de alcanzar esa olla de oro lado del arcoíris?
Glaxo de Hernán Ronsino y la obra de Juan Doffo por Roberto Ventades
La pregunta que me formulo luego de releer Glaxo de Hernán Ronsino y de contemplar las pinturas y fotografías de Juan Doffo es la siguiente: ¿qué concepto de pueblo, mejor dicho, de ciudad del interior aparece en los albores del siglo XXI? ¿Cuál es la visión que poseen nuestros artistas contemporáneos acerca de las ciudades o pueblos de la provincia, en concreto y más particularmente de la provincia de Buenos Aires? Y al decir Buenos Aires estaríamos eludiendo otros pueblos del norte o del sur de nuestro país, más particulares por sus condiciones geográficas o de alejamiento de los núcleos culturales o de poder. Me quiero preguntar acerca de estos pueblos específicos de la provincia de Buenos Aires, pueblos de la llanura pampeana, cercanos a la Capital y salpicados por ciertas pautas sociales y culturales adquiridas de la metrópolis. Pueblos que, desde el punto de vista del porteño representan el orden, la calidez hogareña, el saberse alguien dentro de una estructura social, la tranquilidad de una vida sosegada. Sin embargo, quien ha vivido en un pueblo reconoce que muchas de estas cualidades son mitos edificados desde la inmensidad anónima de la gran ciudad y que la vida en ellos dista de ser lo que se imagina: ese compendio de buenas costumbres y de calidez amistosa para integrarse a la condición típicamente humana de los claroscuros que modelan a cada individuo.
Glaxo presenta un pueblo sin nombre, como posible emblema de otros pueblos. Marcado por la melancolía, la parsimonia, la inmovilidad, aparece retratado fundamentalmente en tardes calurosas, en domingos lluviosos, a partir de sujetos que lo contemplan como si fuera una pintura tediosa que no los involucrara desde el interior de casas o negocios. La pérdida del ferrocarril da pie a su decadencia como si una mano anónima lo privara del progreso y lo condenara al olvido. Otros emprendimientos caen y se arruinan tras el alejamiento de sus dueños, como es el caso del boliche El As de espada de Ramón Folcada, que, a su partida, comienza a sentir los rastros de la desidia:
…es, cada día que pasa, un edificio abandonado, con un sillón de hierro tra-
bajado en la vereda que se va oxidando con cada lluvia, que se va hundiendo,
de a poco, en la tierra, y entre el sillón de hierro trabajado…se van juntando
unos yuyos y unas enredaderas silvestres que se meten entre las grietas, en las
junturas de las paredes. (pp. 72-73)
La naturaleza va cubriendo la obra del hombre con su invasión salvaje olvidándose de que allí alguien puso sus esperanzas. En otro momento del texto es, en cambio, el hombre quien pone los límites para permitir un escaso progreso:
parece que van a desmontar el cañaveral, y van a hacer, por donde pasaba
la vía, una calle que empalmará con la ruta 5, una salida nueva a la ruta, u-
na diagonal, dice Juan Moyano con cierto entusiasmo. (p.27)
Más detenido en el tiempo que avanzando, el pueblo contiene un núcleo de pobladores que Ronsino ubica, posiblemente con la influencia de la obra del vecino escritor de Chacabuco, Haroldo Conti, entre las clases menos pudientes, más alejadas de la influencia de la cultura, solas en sus pequeños mundos sin demasiadas aspiraciones. Pareciera que el pueblo las congrega en su interior para no dejarlas salir, las agobia y aprisiona. El pueblo transmite a Folcada una sensación de extremo fracaso cuando se lo destina a sus límites luego de equivocar un estratégico tiro:
Y por ese error yo estoy ahora acá, en este pueblo de mierda. Alguna vez
lo quise a este pueblo de mierda. Pero ahora es un pueblo de mierda. (p.91)
Nunca hubiera deseado volver a este lugar que se convierte en su prisión, en su castigo.
Folcada trae consigo a la Negra Miranda, el disparador de toda la tragedia, un personaje que desentona en la pequeña comunidad por su desmesura. Dentro de la medianía general, la Negra se erige como un enorme objeto deseable tal lo observado por el mismo Folcada:
Una mujer con ese carácter y ese cuerpo en un pueblo como este. Más
vale que va a llamar la atención. (p.81)
Su esposo proviene del pueblo o por lo menos allí se encontraba el campo de sus abuelos donde se crió. La Negra Miranda es ajena al lugar, ella viene de Buenos Aires, un ámbito totalmente opuesto a la pequeña ciudad y por su físico y por su carácter moldeado en la idiosincrasia capitalina, su figura atrae las miradas de los hombres que concurren al As de espada para contemplar sus famosas piernas.
Es justamente en Buenos Aires donde se produce la mutua pasión de Miguelito Barrios por la mujer de Folcada, en el viaje que fatalmente emprende con la Negra. La libertad y el anonimato de la gran ciudad facilitan el contacto. La vuelta al pueblo reproduce los encuentros y la traición se descubre, agazapada en los disfraces del corso. A partir de allí, Folcada confunde la interpretación de los rostros y encarga al culpable develar al culpable, cayendo la responsabilidad en un miembro ajeno a la comunidad popular, un extraño de un grupo minoritario que apenas conoce la lengua. La muerte del mormón y la posterior acusación sobre otro inocente, el flaco Vardemann, conmocionan el espíritu de Miguelito Barrios, posiblemente no por la muerte de Clifton Morris, el extranjero en todo sentido, sino por la partida hacia la cárcel de un miembro del grupo cerrado del pueblo, un miembro del grupo de amigos consumidores de películas y de imitaciones cinematográficas. Frente a semejante desenlace, la Negra Miranda decide abandonar el pueblo asqueada de tan vil comportamiento, creyendo vivir entre buitres y reconstituyendo su vida en el circo Papelito.
La visión de Hernán Ronsino de este pueblo parece mostrar que la salvación está fuera de sus límites, que la salud empieza donde el pueblo termina. Sus habitantes viven inmersos en un espacio sin futuro, siempre igual, sólo interrumpido por la ficción del cine o por ciertas modificaciones (los trenes, la fábrica, el nuevo camino) que revelan algo distinto a la repetición inmisericorde de los hechos cotidianos. Si bien Ronsino ubica a sus personajes en un pasado próximo (1959-1984), se debería suponer que su idea de pueblo bonaerense actual se asemejaría al relato que presenta en Glaxo, teniendo en cuenta al pequeño poblado como un conjunto social ciertamente dudoso, con su familiaridad y conocimiento de los demás, con la cercanía de los afectos pero con el peligro de seres en parte frustrados por la falta de horizontes, por las pocas posibilidades de crecimiento que brindan estas comunidades, al menos, para quien desee abrir hacia el futuro su destino personal. De tal modo no sólo la Negra Miranda deja el pueblo, sino también el hijo de Bicho Souza, la representación de las nuevas generaciones que buscan otros caminos en la gran metrópoli, parafraseando la canción de Litto Nebbia: si algo ha cambiado eso es nosotros/el otro cambio los que se fueron.
Un pueblo es lo que une a Glaxo, la novela, con el pintor Juan Doffo, este pueblo es Mechita, el lugar de origen del artista plástico y de un personaje del escritor de Chivilcoy, es decir, el matón que se peleó en el Bermejo con un tal Lavi, de Federación. Es, pues, Juan Doffo quien se caracteriza por representar en algunos de sus cuadros, justamente a Mechita, su patria chica. Ahora bien, esta visión del pueblo que puede ser melancólica, como la que expresa la novela, según una de las primeras fotos del catálogo de la exposición en el Centro Cultural Recoleta, reviste en la mayoría de las pinturas otro carácter. De tal modo, tanto El árbol del olvido como Sueños que teje y desteje el tiempo, Arquitectura fugaz, Teoría del equilibrio, incorporan al pueblo a lo lejos, rescatando el trazado en damero, común a tantas ciudades provincianas, pero visto a través de extrañas figuraciones geométricas entre mágicas y misteriosas, como si otra dimensión se elevara por sobre la repetición, como si un aura extraña protegiera estos núcleos urbanos, conectándolos con el universo, dentro de sus peculiaridades espaciales y humanas. Pareciera como si el pintor se abstrajera de los hombres y las mujeres, de los habitantes opacos o no de los pueblos para ubicar su estructura dentro de un plano más trascendente, más universal.
Otro punto de vista lo dan las fotografías que, en este caso, utilizan a las figuras humanas en poses totalmente antinaturales, a la manera de sacerdotes que participan de un culto ancestral, primitivo. Doffo fotografía a los habitantes del pueblo, posiblemente representando más a la clase media urbana que a los humildes seres que distingue Ronsino, estos pobladores, más espirituales y entregados a la contemplación muestran un costado más esperanzado para estas poblaciones. Pareciera querer decir el artista que no se necesita viajar a la gran urbe para desarrollarse espiritualmente, que detrás de estos pueblos perdidos en la extensa llanura pampeana existe esa palabra que muestra una de las fotos: la ILUSION.
Glaxo presenta un pueblo sin nombre, como posible emblema de otros pueblos. Marcado por la melancolía, la parsimonia, la inmovilidad, aparece retratado fundamentalmente en tardes calurosas, en domingos lluviosos, a partir de sujetos que lo contemplan como si fuera una pintura tediosa que no los involucrara desde el interior de casas o negocios. La pérdida del ferrocarril da pie a su decadencia como si una mano anónima lo privara del progreso y lo condenara al olvido. Otros emprendimientos caen y se arruinan tras el alejamiento de sus dueños, como es el caso del boliche El As de espada de Ramón Folcada, que, a su partida, comienza a sentir los rastros de la desidia:
…es, cada día que pasa, un edificio abandonado, con un sillón de hierro tra-
bajado en la vereda que se va oxidando con cada lluvia, que se va hundiendo,
de a poco, en la tierra, y entre el sillón de hierro trabajado…se van juntando
unos yuyos y unas enredaderas silvestres que se meten entre las grietas, en las
junturas de las paredes. (pp. 72-73)
La naturaleza va cubriendo la obra del hombre con su invasión salvaje olvidándose de que allí alguien puso sus esperanzas. En otro momento del texto es, en cambio, el hombre quien pone los límites para permitir un escaso progreso:
parece que van a desmontar el cañaveral, y van a hacer, por donde pasaba
la vía, una calle que empalmará con la ruta 5, una salida nueva a la ruta, u-
na diagonal, dice Juan Moyano con cierto entusiasmo. (p.27)
Más detenido en el tiempo que avanzando, el pueblo contiene un núcleo de pobladores que Ronsino ubica, posiblemente con la influencia de la obra del vecino escritor de Chacabuco, Haroldo Conti, entre las clases menos pudientes, más alejadas de la influencia de la cultura, solas en sus pequeños mundos sin demasiadas aspiraciones. Pareciera que el pueblo las congrega en su interior para no dejarlas salir, las agobia y aprisiona. El pueblo transmite a Folcada una sensación de extremo fracaso cuando se lo destina a sus límites luego de equivocar un estratégico tiro:
Y por ese error yo estoy ahora acá, en este pueblo de mierda. Alguna vez
lo quise a este pueblo de mierda. Pero ahora es un pueblo de mierda. (p.91)
Nunca hubiera deseado volver a este lugar que se convierte en su prisión, en su castigo.
Folcada trae consigo a la Negra Miranda, el disparador de toda la tragedia, un personaje que desentona en la pequeña comunidad por su desmesura. Dentro de la medianía general, la Negra se erige como un enorme objeto deseable tal lo observado por el mismo Folcada:
Una mujer con ese carácter y ese cuerpo en un pueblo como este. Más
vale que va a llamar la atención. (p.81)
Su esposo proviene del pueblo o por lo menos allí se encontraba el campo de sus abuelos donde se crió. La Negra Miranda es ajena al lugar, ella viene de Buenos Aires, un ámbito totalmente opuesto a la pequeña ciudad y por su físico y por su carácter moldeado en la idiosincrasia capitalina, su figura atrae las miradas de los hombres que concurren al As de espada para contemplar sus famosas piernas.
Es justamente en Buenos Aires donde se produce la mutua pasión de Miguelito Barrios por la mujer de Folcada, en el viaje que fatalmente emprende con la Negra. La libertad y el anonimato de la gran ciudad facilitan el contacto. La vuelta al pueblo reproduce los encuentros y la traición se descubre, agazapada en los disfraces del corso. A partir de allí, Folcada confunde la interpretación de los rostros y encarga al culpable develar al culpable, cayendo la responsabilidad en un miembro ajeno a la comunidad popular, un extraño de un grupo minoritario que apenas conoce la lengua. La muerte del mormón y la posterior acusación sobre otro inocente, el flaco Vardemann, conmocionan el espíritu de Miguelito Barrios, posiblemente no por la muerte de Clifton Morris, el extranjero en todo sentido, sino por la partida hacia la cárcel de un miembro del grupo cerrado del pueblo, un miembro del grupo de amigos consumidores de películas y de imitaciones cinematográficas. Frente a semejante desenlace, la Negra Miranda decide abandonar el pueblo asqueada de tan vil comportamiento, creyendo vivir entre buitres y reconstituyendo su vida en el circo Papelito.
La visión de Hernán Ronsino de este pueblo parece mostrar que la salvación está fuera de sus límites, que la salud empieza donde el pueblo termina. Sus habitantes viven inmersos en un espacio sin futuro, siempre igual, sólo interrumpido por la ficción del cine o por ciertas modificaciones (los trenes, la fábrica, el nuevo camino) que revelan algo distinto a la repetición inmisericorde de los hechos cotidianos. Si bien Ronsino ubica a sus personajes en un pasado próximo (1959-1984), se debería suponer que su idea de pueblo bonaerense actual se asemejaría al relato que presenta en Glaxo, teniendo en cuenta al pequeño poblado como un conjunto social ciertamente dudoso, con su familiaridad y conocimiento de los demás, con la cercanía de los afectos pero con el peligro de seres en parte frustrados por la falta de horizontes, por las pocas posibilidades de crecimiento que brindan estas comunidades, al menos, para quien desee abrir hacia el futuro su destino personal. De tal modo no sólo la Negra Miranda deja el pueblo, sino también el hijo de Bicho Souza, la representación de las nuevas generaciones que buscan otros caminos en la gran metrópoli, parafraseando la canción de Litto Nebbia: si algo ha cambiado eso es nosotros/el otro cambio los que se fueron.
Un pueblo es lo que une a Glaxo, la novela, con el pintor Juan Doffo, este pueblo es Mechita, el lugar de origen del artista plástico y de un personaje del escritor de Chivilcoy, es decir, el matón que se peleó en el Bermejo con un tal Lavi, de Federación. Es, pues, Juan Doffo quien se caracteriza por representar en algunos de sus cuadros, justamente a Mechita, su patria chica. Ahora bien, esta visión del pueblo que puede ser melancólica, como la que expresa la novela, según una de las primeras fotos del catálogo de la exposición en el Centro Cultural Recoleta, reviste en la mayoría de las pinturas otro carácter. De tal modo, tanto El árbol del olvido como Sueños que teje y desteje el tiempo, Arquitectura fugaz, Teoría del equilibrio, incorporan al pueblo a lo lejos, rescatando el trazado en damero, común a tantas ciudades provincianas, pero visto a través de extrañas figuraciones geométricas entre mágicas y misteriosas, como si otra dimensión se elevara por sobre la repetición, como si un aura extraña protegiera estos núcleos urbanos, conectándolos con el universo, dentro de sus peculiaridades espaciales y humanas. Pareciera como si el pintor se abstrajera de los hombres y las mujeres, de los habitantes opacos o no de los pueblos para ubicar su estructura dentro de un plano más trascendente, más universal.
Otro punto de vista lo dan las fotografías que, en este caso, utilizan a las figuras humanas en poses totalmente antinaturales, a la manera de sacerdotes que participan de un culto ancestral, primitivo. Doffo fotografía a los habitantes del pueblo, posiblemente representando más a la clase media urbana que a los humildes seres que distingue Ronsino, estos pobladores, más espirituales y entregados a la contemplación muestran un costado más esperanzado para estas poblaciones. Pareciera querer decir el artista que no se necesita viajar a la gran urbe para desarrollarse espiritualmente, que detrás de estos pueblos perdidos en la extensa llanura pampeana existe esa palabra que muestra una de las fotos: la ILUSION.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Trabajo de Ricardo Mario Moreno
Pueblo y comunidad. Tierra y pueblo. Es posible la comunidad sin tierra, sin lugar?
Es curioso pensar en pleno comienzo de siglo XXI, casi contradictoriamente, como queriendo despertar a los que duermen un sueño de piedra, duro, sin ranuras por donde pudiera pasar una voz, un reclamo, esta forma de sentir y de soñar un lugar común en la sociedad, que tenemos algunos que nacimos en un lugar, nos hemos criado en otro lugar, y sobrevivimos e intentamos vivir en otro completamente diferente. Diferente? Por qué? Porque vengo de lejos, soy de otra raza, otro color, soy de otro lugar, o es lo que creo que los demás ven en mí, que me creo dueño de algo que no tiene dueño, que todos somos los dueños o deberíamos serlo y que como tal debo respetar al que está en su lugar, que es también mío.
Parece un sueño y un juego de palabras, pero cuando veo la pintura de dos indios mirando con ojos que no parecen ojos, los fusiles que sí parecen serlo, apuntando hacia ellos con un único motivo inequívoco que es el de acabar con ellos, siento que esta pregunta se pone candente y quema el interior, ése en donde viven las entrañas, el interior que podría ser la tierra adentro, de la que ellos son dueños, y vienen éstos y nos matan, y cómo! Los cuatro pareciera que apuntan a uno todos ellos, como para cerciorarse de matarlo y luego volver por el otro los cuatro a la vez, sin posibilidad de fallar, porque hay que atarles las manos por detrás, pues no sabemos cuán fuertes pueden ser, que pueden parar las balas con sus manos, pues son del monte, el duro monte que necesita más dureza para quitarlo del medio.
Y me pregunto, si es así de diferente ahora, o era más lindo cuando todo parecía estar en armonía, como cuando alguien vuelve a su terruño, a su interior, a su tierra, al reencuentro, mientras el vino pareciera unir, o adormecer el pensamiento que grita que ya no soy de aquí, que ya no pertenezco aquí, que ya no soy dueño, sino sólo un espectador de recuerdos, de hechos que se esfuman porque no se puede recuperar ese lugar en donde renacer, y el carnaval que invita a revivir para encontrar a seres comunes con sentimientos comunes. La canción “Retiro al norte”, pareciera constatar, que me pierdo si no busco aquel contacto que me vio nacer, crecer y sentir cómo la tierra se adueñaba de mí y yo de ella, con un lazo frágil, que se fortalece y fortifica cada vez que vuelvo, pero que me hace ver a la vez lo vulnerable de ese lazo porque ya no soy interior, soy y estoy en otro lugar, pero el abrazo de mi comunidad, de mi pueblo, cada vez que vuelvo, reafirma esa necesidad de pertenencia. Como a los indios por fusilar, su tierra está a punto de dejar de pertenecerles, como parece decir el otro indio asido de los pelos, su lacio pelo tantas veces volado por el viento libre que lo liberaba y le devolvía su señorío territorial, justo ahora que empezaba a adueñarse, con un cuchillo en la garganta, puesto por un blanco, blanco depositario de toda la crueldad de los sin tierra, de los desposeídos que quieren poseer la mejor posesión del indio, la libertad. Sus ojos sí miran y gritan: miren lo que puedo hacer, puedo hasta quitarle la vida, y se la quito, por fin ya le he quitado todo. Y el otro, el de los cabellos que ya no están al viento sino en un puño, diciendo que sólo quería cabalgar, ser libre, con su caballo dado por el blanco, cabalgar buscando y encontrando nueva tierra, para él y sus lazos, sus vínculos que lo hacen grande, pero con sus manos atadas por detrás ya no puede ser más pueblo.
Claro, la canción habla del carnaval, y el fantasma de un año más por delante, hasta la próxima. Carnaval que une, junta y ciñe, como el norte dice, ciñe ese lazo que devuelve lo que se ha perdido, que devuelve la tierra, la tradición, los vínculos del pueblo, con el pueblo, con todo, con su propio interior. Ese carnaval que es fiesta, encuentro, reencuentro, contienda de los sentimientos más profundos, rúbrica del gozo vivido. Fiesta que remonta al prístino momento de la alegría, de la emoción, de la pertenencia, de la diferencia, ordinario o extraordinario, pueblerino o citadino, cheto o grasa, rico o pobre, negro o rubio, pero común, sólo común a ese pueblo, a esa ciudad, que desvela y desespera por ser mejor, más vistoso, más importante, el mejor, a tal punto de olvidar que la tierra está en peligro, que el pueblo está en peligro, que necesita rearmarse, animarse, porque se acerca una marea, una masa de agua, que amenaza la masa de gente festejando, sintiendo que es el último día de alegría, de carnaval. Amenaza a ese pueblo con devorárselo, amenaza con acabar con su tierra, con su cosecha, pero el pueblo piensa, el pueblo mira, y se olvida de sus diferencias con el otro. Busca en lo más hondo, busca en el fondo de sí, busca en lo mejor de sí, ese lazo, ese vínculo que lo une y lo hace único, ese lazo que perdura y resiste todo, ese lazo irrompible que decide por él, está con él, con ese pueblo que resucita, que une y se une. Es sólo agua, puede derrotarla, pero sólo si es uno, sólo si acepta que cada uno junto a otro son como el ladrillo que forma el muro que va a detener la amenaza, diferentes pero justo el que se necesita para ir unido al que sigue, único e irrepetible, como las piedras de los muros incas, quizás recordando a ese pueblo que también puede ser que el norte provenga de lazos y vínculos con esos indios, que los que están hoy armándose y rearmándose contra la amenaza, tienen lazos y vínculos con esos indios de las pinturas, los fusilados, el que es degollado. No, nos va a pasar otra vez. No más muerte, no más violencia, no más amenaza, no más diferencia. Estaremos juntos, estaremos fuertes, estaremos en el pueblo, con el pueblo, fortificado, haciendo de nuestro carnaval, una liturgia, un signo, un sacramento de que es lo único que debe perdurar. Como nos dice Walsh.
Parece fácil hacer comunidad con palabras, con pinceles. Podemos olvidar las contiendas, las diferencias, los dolores, los sufrimientos, toda la mancha de nuestra tierra, que no deja ver el arco iris que siendo de diferentes colores, unidos todos ellos forman el más bello destello de luz, el más hermoso despliegue de luminosidad que no se puede igualar? Si el carnaval es unión y diversión, el arco iris bien podría ser el pueblo, que se une para divertirse, y mostrarse unido, para brillar a pesar de sus diferencias, a pesar de la amenaza que está a las puertas del pueblo. No ya indios amenazados, sino el pueblo amenazado. No ya blancos amenazados, sino el pueblo amenazado. No ya norte ni sur amenazados, sino el pueblo amenazado.
La tierra será devuelta a sus dueños, ellos estarán en su lugar. El pueblo recupera su terreno perdido por las diferencias, que ya no son tales. Ahora se llaman vínculos, lazos, cuerdas, hilos, venas, arterias por donde la sangre corre sin ser derramada, la sangre fluye en canciones y música, en donde la sangre carnavalea, pinta, escribe, su mejor obra, su mejor creación, su mejor idea. El pueblo comunitario, la comunidad pueblerina, la comunidad como pueblo. Y el pueblo único y fuerte. Por sobre todo, único, sin grietas por donde no se escape su identidad, pero sí con puertas por donde entrar y salir, encontrarse y reencontrarse, en donde la libertad y sentirse libre, sea el mejor carnaval que dure toda la vida.
Gracias Alonso
Gracias Rodolfo Walsh
RICARDO MARIO ROMERO
Es curioso pensar en pleno comienzo de siglo XXI, casi contradictoriamente, como queriendo despertar a los que duermen un sueño de piedra, duro, sin ranuras por donde pudiera pasar una voz, un reclamo, esta forma de sentir y de soñar un lugar común en la sociedad, que tenemos algunos que nacimos en un lugar, nos hemos criado en otro lugar, y sobrevivimos e intentamos vivir en otro completamente diferente. Diferente? Por qué? Porque vengo de lejos, soy de otra raza, otro color, soy de otro lugar, o es lo que creo que los demás ven en mí, que me creo dueño de algo que no tiene dueño, que todos somos los dueños o deberíamos serlo y que como tal debo respetar al que está en su lugar, que es también mío.
Parece un sueño y un juego de palabras, pero cuando veo la pintura de dos indios mirando con ojos que no parecen ojos, los fusiles que sí parecen serlo, apuntando hacia ellos con un único motivo inequívoco que es el de acabar con ellos, siento que esta pregunta se pone candente y quema el interior, ése en donde viven las entrañas, el interior que podría ser la tierra adentro, de la que ellos son dueños, y vienen éstos y nos matan, y cómo! Los cuatro pareciera que apuntan a uno todos ellos, como para cerciorarse de matarlo y luego volver por el otro los cuatro a la vez, sin posibilidad de fallar, porque hay que atarles las manos por detrás, pues no sabemos cuán fuertes pueden ser, que pueden parar las balas con sus manos, pues son del monte, el duro monte que necesita más dureza para quitarlo del medio.
Y me pregunto, si es así de diferente ahora, o era más lindo cuando todo parecía estar en armonía, como cuando alguien vuelve a su terruño, a su interior, a su tierra, al reencuentro, mientras el vino pareciera unir, o adormecer el pensamiento que grita que ya no soy de aquí, que ya no pertenezco aquí, que ya no soy dueño, sino sólo un espectador de recuerdos, de hechos que se esfuman porque no se puede recuperar ese lugar en donde renacer, y el carnaval que invita a revivir para encontrar a seres comunes con sentimientos comunes. La canción “Retiro al norte”, pareciera constatar, que me pierdo si no busco aquel contacto que me vio nacer, crecer y sentir cómo la tierra se adueñaba de mí y yo de ella, con un lazo frágil, que se fortalece y fortifica cada vez que vuelvo, pero que me hace ver a la vez lo vulnerable de ese lazo porque ya no soy interior, soy y estoy en otro lugar, pero el abrazo de mi comunidad, de mi pueblo, cada vez que vuelvo, reafirma esa necesidad de pertenencia. Como a los indios por fusilar, su tierra está a punto de dejar de pertenecerles, como parece decir el otro indio asido de los pelos, su lacio pelo tantas veces volado por el viento libre que lo liberaba y le devolvía su señorío territorial, justo ahora que empezaba a adueñarse, con un cuchillo en la garganta, puesto por un blanco, blanco depositario de toda la crueldad de los sin tierra, de los desposeídos que quieren poseer la mejor posesión del indio, la libertad. Sus ojos sí miran y gritan: miren lo que puedo hacer, puedo hasta quitarle la vida, y se la quito, por fin ya le he quitado todo. Y el otro, el de los cabellos que ya no están al viento sino en un puño, diciendo que sólo quería cabalgar, ser libre, con su caballo dado por el blanco, cabalgar buscando y encontrando nueva tierra, para él y sus lazos, sus vínculos que lo hacen grande, pero con sus manos atadas por detrás ya no puede ser más pueblo.
Claro, la canción habla del carnaval, y el fantasma de un año más por delante, hasta la próxima. Carnaval que une, junta y ciñe, como el norte dice, ciñe ese lazo que devuelve lo que se ha perdido, que devuelve la tierra, la tradición, los vínculos del pueblo, con el pueblo, con todo, con su propio interior. Ese carnaval que es fiesta, encuentro, reencuentro, contienda de los sentimientos más profundos, rúbrica del gozo vivido. Fiesta que remonta al prístino momento de la alegría, de la emoción, de la pertenencia, de la diferencia, ordinario o extraordinario, pueblerino o citadino, cheto o grasa, rico o pobre, negro o rubio, pero común, sólo común a ese pueblo, a esa ciudad, que desvela y desespera por ser mejor, más vistoso, más importante, el mejor, a tal punto de olvidar que la tierra está en peligro, que el pueblo está en peligro, que necesita rearmarse, animarse, porque se acerca una marea, una masa de agua, que amenaza la masa de gente festejando, sintiendo que es el último día de alegría, de carnaval. Amenaza a ese pueblo con devorárselo, amenaza con acabar con su tierra, con su cosecha, pero el pueblo piensa, el pueblo mira, y se olvida de sus diferencias con el otro. Busca en lo más hondo, busca en el fondo de sí, busca en lo mejor de sí, ese lazo, ese vínculo que lo une y lo hace único, ese lazo que perdura y resiste todo, ese lazo irrompible que decide por él, está con él, con ese pueblo que resucita, que une y se une. Es sólo agua, puede derrotarla, pero sólo si es uno, sólo si acepta que cada uno junto a otro son como el ladrillo que forma el muro que va a detener la amenaza, diferentes pero justo el que se necesita para ir unido al que sigue, único e irrepetible, como las piedras de los muros incas, quizás recordando a ese pueblo que también puede ser que el norte provenga de lazos y vínculos con esos indios, que los que están hoy armándose y rearmándose contra la amenaza, tienen lazos y vínculos con esos indios de las pinturas, los fusilados, el que es degollado. No, nos va a pasar otra vez. No más muerte, no más violencia, no más amenaza, no más diferencia. Estaremos juntos, estaremos fuertes, estaremos en el pueblo, con el pueblo, fortificado, haciendo de nuestro carnaval, una liturgia, un signo, un sacramento de que es lo único que debe perdurar. Como nos dice Walsh.
Parece fácil hacer comunidad con palabras, con pinceles. Podemos olvidar las contiendas, las diferencias, los dolores, los sufrimientos, toda la mancha de nuestra tierra, que no deja ver el arco iris que siendo de diferentes colores, unidos todos ellos forman el más bello destello de luz, el más hermoso despliegue de luminosidad que no se puede igualar? Si el carnaval es unión y diversión, el arco iris bien podría ser el pueblo, que se une para divertirse, y mostrarse unido, para brillar a pesar de sus diferencias, a pesar de la amenaza que está a las puertas del pueblo. No ya indios amenazados, sino el pueblo amenazado. No ya blancos amenazados, sino el pueblo amenazado. No ya norte ni sur amenazados, sino el pueblo amenazado.
La tierra será devuelta a sus dueños, ellos estarán en su lugar. El pueblo recupera su terreno perdido por las diferencias, que ya no son tales. Ahora se llaman vínculos, lazos, cuerdas, hilos, venas, arterias por donde la sangre corre sin ser derramada, la sangre fluye en canciones y música, en donde la sangre carnavalea, pinta, escribe, su mejor obra, su mejor creación, su mejor idea. El pueblo comunitario, la comunidad pueblerina, la comunidad como pueblo. Y el pueblo único y fuerte. Por sobre todo, único, sin grietas por donde no se escape su identidad, pero sí con puertas por donde entrar y salir, encontrarse y reencontrarse, en donde la libertad y sentirse libre, sea el mejor carnaval que dure toda la vida.
Gracias Alonso
Gracias Rodolfo Walsh
RICARDO MARIO ROMERO
lunes, 27 de septiembre de 2010
las canciones
Hola a todos, éstas son algunas de las canciones que estuvimos escuchando, seguimos sumando
PATRI www.youtube.com/watch?v=TU68f-8rH54
OTRA SUDESTADA www.youtube.com/watch?v=Sadj9P6IuI0&feature=related
EL PAÍS DEL INTERIOR www.youtube.com/watch?v=D4lteHqbr2M&feature=related
www.youtube.com/watch?v=2XcrgQi4V8U
BURBUJAS www.youtube.com/watch?v=J3D9Pfe6gtg
EL CORAZÓN MIRANDO AL SUR www.youtube.com/watch?v=wLigvtNyxYQ
DIOS Y EL DIABLO EN EL TALLER www.youtube.com/watch?v=L8d0NZr4eT4
RETIRO AL NORTE www.youtube.com/watchv=jeMQfmSydM&feature=related www.youtube.com/watch?v=T7NfYMoo8Xk&feature=related
un abrazo
Susana
PATRI www.youtube.com/watch?v=TU68f-8rH54
OTRA SUDESTADA www.youtube.com/watch?v=Sadj9P6IuI0&feature=related
EL PAÍS DEL INTERIOR www.youtube.com/watch?v=D4lteHqbr2M&feature=related
www.youtube.com/watch?v=2XcrgQi4V8U
BURBUJAS www.youtube.com/watch?v=J3D9Pfe6gtg
EL CORAZÓN MIRANDO AL SUR www.youtube.com/watch?v=wLigvtNyxYQ
DIOS Y EL DIABLO EN EL TALLER www.youtube.com/watch?v=L8d0NZr4eT4
RETIRO AL NORTE www.youtube.com/watchv=jeMQfmSydM&feature=related www.youtube.com/watch?v=T7NfYMoo8Xk&feature=related
un abrazo
Susana
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