Prólogo
78-33 es un libro que intenta dar cuenta de los acontecimientos ocurridos en la última dictadura militar argentina, a través de las distintas historias que se entrecruzan a lo largo del mismo.
Los distintos relatos transcurren, entonces, durante los años más oscuros y trágicos de nuestro país y el presente. En los cuatro cuentos aparecerán distintos personajes a partir de los cuales se contará una historia en común.
La vida de los protagonistas irá cambiando a través de los hechos históricos que les tocará transitar para intentar llegar a encontrar lo que con tanta pasión buscan.
Nuestro deseo es que, al leer estas páginas, se mantenga viva la lucha llevada adelante por los distintos organismos de derechos humanos entre los años 1976 – 1983 en que el país sufrió desde las mas horrendas violaciones, torturas, desapariciones de miles de hombres y mujeres que deseaban transformar a la Argentina en un lugar mas equitativo y justo hasta el robo sistemático de bebés y niños nacidos en los distintos centros clandestinos de detención.
Esperamos que nuestros lectores puedan disfrutar de esta lectura tanto como nosotros lo hicimos al escribirlo y que la historia quede grabada en la memoria de todos los argentinos para que las generaciones futuras no vivan NUNCA MAS una dictadura militar.
Los Autores.-
Si tenés alguna duda sobre tu identidad o querés conocer lo que sucedió durante la dictadura militar argentina, ingresá al sitio web de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo
www.abuelas.org.ar
Virrey Cevallos 592 PB 1 – C.A.B.A.
Tel: (011) 4384-0983 - No dudes en llamar!!!
Un día especial
Octubre de 1978
La felicidad invadía a Micaela era el momento que tanto había esperado, las últimas noches no había podido dormir, su mente no podía parar de pensar en como seria ese momento al cual se aferró en los últimos meses y lo comenzaba a vivir al sentir que estaba llegando Ernesto o Eva. Después de estos seis meses de sufrimiento, necesitaba imperiosamente aferrarse a algo puro.
El 31 de octubre se convirtió en un día especial para Micaela, por primera vez en semanas pudo abstraerse del lugar donde estaba, ese día pudo cerrar sus oídos a los gritos de dolor que pedían clemencia, los insultos que exigían respuestas, el sonido a disparos y el ruido atemorizante de la electricidad. Pudo ignorar el olor a pólvora y el aroma a carne quemada
El que llegaba era Ernesto. Su trabajo de parto no fue sencillo, ya que, el ambiente para que nazca un bebe no era el propicio, no había ventanas, era un lugar frío y oscuro que no permitía saber si era de día o de noche, no era una maternidad aunque muchos capciosamente la llamaban “La Sarda”, y el nacimiento era solo asistido por tres hombres. Micaela estaba muy dolorida y asustada porque llegaba su primer hijo y el enfermero no hacia nada por calmarla, solo le decía que se apure, uno de los dos médicos que estaban asistiéndola abrió la puerta y le dio una orden a un subordinado que estaba parado ahí. A los pocos minutos, esta persona hizo entrar a la habitación a otra mujer embarazada, era una compañera de Micaela, Celia, quien la ayudó en ese momento tan esperado. A las dos horas de estar allí, nació Ernesto y Micaela -después de tantos meses de angustia- se sintió plenamente feliz, lo abrazó muy fuerte y lo besó lo más que pudo hasta que uno de los médicos le dio una inyección para dormirla. Al despertar, lo único que pidió fue que le traigan a su hijo sin saber que esos abrazos y besos dados no los podría volver a repetir. Casi a la medianoche, Ernesto fue llevado a la Casa Cuna por un oficial que se encargaba de cumplir esas tareas. “Por fin lo trajiste Rengo, mira qué lindo es y hasta es rubiecito, en un rato viene el que le vende seguros al general con su mujer que es maestra y que hace años que están esperando un bebé”.
Aquella noche trágica
Abril de 1978
I
Era una tarde lluviosa, fría. El viento soplaba, intensamente, en el rostro pálido, casi angelical, de Josefa Migli de Scordia. Caminaba con paso lento pero firme, junto a una veintena de señoras, alrededor de la Pirámide de Mayo. Cada vuelta que daban simbolizaba un sinfín de historias individuales pero que compartían entre sí una lucha y una búsqueda de más de 35 años.
Josefa, a los 78 años de edad, busca de manera ininterrumpida a un ser que nunca conoció pero que tiene el inmenso deseo de encontrar antes de su partida. En su mirada, se puede percibir la fortaleza de una mujer que, a través de los años, fue creciendo de golpe y a los “golpes”.
El primer “golpe” que recibió fue una noche del mes de abril del año ’78. Era un viernes, día de largas y acaloradas reuniones en su casa por lo que Josefa había ido al cine con su marido Francisco con el fin de que “su princesita” fuese la anfitriona aquella noche fatal de otoño. La “princesita” como le decía cariñosamente a su única hija, Micaela, de tan sólo 19 años y estudiante de 2º año de la carrera de Sociología, quería entender la sociedad en la que vivía para poder cambiarla. Pero “Mica” como la llamaban sus amigos y, claro está, Juan, su compañero de militancia y de su vida, compartían sin saberlo, aquella noche trágica.
Entre discusiones, risas y utopías que querían transformar en realidad, la hija de Josefa y sus compañeros de lucha, escucharon una fuerte frenada de autos en la esquina de su casa. De repente, la luz de la manzana se cortó. Todos quedaron en penumbras; viéndose las caras por el reflejo de la luna. Aquellas discusiones y risas se transformaron en un silencio absoluto, apenas se podían escuchar las respiraciones de cada uno de los siete jóvenes presentes allí. Intentaron permanecer unidos y tranquilos hasta que de una patada la puerta se abrió y con ella comenzó la etapa más difícil en la vida de Josefa y Francisco: la búsqueda de su “princesita”.
II
Pasaron largos días, semanas y meses en los que lo único que Josefa y su esposo hicieron fue recorrer iglesias y comisarías con la ilusión de obtener algún indicio sobre el paradero de Micaela. Lo primero que hicieron fue pedir ayuda entre sus “amigos”. Hablaron con el párroco de la iglesia a la que asistían cada domingo y la respuesta fue “quédense tranquilos, vayan a su casa a rezar que su hijita seguro estará con algún muchachito por ahí, ya volverá”. Esa respuesta no les satisfizo porque conocían a su hija; ella no se iría sin avisarles porque los amaba mucho y nunca los hubiese preocupado de esa manera. Y, sobre todas las cosas, cuando regresaron del cine, aquella noche trágica, encontraron indicios de que algo muy raro y malo había ocurrido allí. La puerta de entrada a la casa estaba entreabierta, con la cerradura rota y un gran desorden reinaba en ese lugar.
A la semana de no tener noticias de su hija decidieron recurrir al primo de Francisco, un comisario retirado por invalidez pero que aún tenía muchísimos contactos en la fuerza. El “rengo”, como lo apodaron los agentes de la comisaría 13º, hizo un par de llamadas y les dijo que apenas tuviese alguna noticia los llamaría. Días más tarde, sonó el teléfono en la casa de los Scordia, era el “rengo”. La conversación duró, apenas, 30 segundos. Josefa salió corriendo en busca de Francisco para contarle lo que le había dicho su primo. Entre gritos y llantos los dos se abrazaron muy fuertemente intentando encontrar respuestas ante lo acontecido. Sin embargo, las respuestas que ambos esperaban tardaron un año desde aquella noche trágica.
Después de buscar y preguntar a todos los amigos, familiares y contactos que tenían, un día del mes de mayo del ’79, tocaron el timbre de la casa de los Scordia. Al abrir la puerta se encontraron con Mariano, un amigo de su hija y uno de los que había podido escapar aquella noche trágica. Hablaron durante horas hasta que Marianito –como lo llamaba Josefa por ser el mas pequeño del grupo- se largó a llorar; y entre abrazos y sollozos les contó lo que había sucedido ese viernes…el último viernes que supo algo de sus otros seis amigos. Él escapó corriendo y saltando por las terrazas aledañas a la casa. Sólo pudo ver cuando se llevaban a sus amigos, con los ojos tapados y a las patadas. Desde esa noche, aquel chico de 16 años, no pudo dormir tranquilo ni una sola vez. Sentía miedo y remordimiento por no haber echo ni dicho nada. Pero después de un largo año, su cabeza no resistió mas y decidió contarles a los padres de su amiga Mica lo que les había pasado.
Las palabras de Mariano se convirtieron en el “segundo golpe” que recibieron Josefa y Francisco: “Esa noche Mica y Juan nos contaron que esperaban un bebé y que iba a nacer a fines de octubre. Ellos querían contárselo a ustedes cuando volvieran del cine porque estaba embarazada de 3 meses y planeaban irse a vivir juntos.”
Al día siguiente y casi por azar, Josefa conoció a Delia, su vecina de la otra cuadra e integrante de la Asociación Abuelas de Plaza de Mayo. Las dos conversaron durante semanas sobre lo que les había sucedido hasta que Josefa venció sus prejuicios y temores y la acompañó a la Plaza. Junto a una veintena de mujeres, cada jueves, daban vueltas alrededor de la Pirámide de Mayo, “custodiadas” por varios policías y con un solo fin: encontrar a sus hijos y nietos, pidiendo justicia.
La otra parte de la verdad
Octubre de 2011
I
En unos minutos estoy por dar la primera entrevista del día por la publicación de mi nuevo trabajo. Anhelé tanto el nacimiento de este libro, siento que este 31 de octubre es un día especial para mi, se que mi padre y mi madre estarán pendientes de la radio y la televisión para poder verme y escucharme.
Es un honor poder comenzar mi jornada hablando en este programa de radio tan escuchado, señor González Oro. En primer lugar, me gustaría presentarme, mi nombre es Nicolás Sánchez, tengo 33 años, soy abogado y hoy estoy presentando mi libro “La otra parte de la verdad: La respuesta a los que han ocultado y deformado la verdad histórica sobre la década del ´70 y el terrorismo”. Muchas personas de su audiencia quizá me conocen porque soy columnista del prestigioso diario La Nueva Provincia, un estandarte de nuestra ideología, o por mis otros dos libros “La mentira oficial” y “Algo habrán hecho”. En este trabajo, refuerzo lo mencionado en mis obras anteriores pero voy por más, ya que, creo que hoy desde el gobierno de turno nos están persiguiendo, nos están cazando. Entonces, es hora de deponer la práctica ruin de sacar ventaja de los caídos, basada, fundamentalmente, en el homenaje a unos y en el regocijo por la muerte de “los otros”. La patria necesita imperiosamente una reconciliación. El eterno rencor a nada conduce, solo a mantener vivo el odio y a fomentar que estas cosas vuelvan a pasar. Por este motivo, en mi obra expreso que es necesario primero alcanzar una verdad superadora. Para tal fin, es necesario dar a conocer la verdad en toda su extensión, que es la única verdad posible. Es sabido que quien dice la verdad a medias, miente dos veces.
II
Estoy a unas cuadras de llegar al lugar donde presentaré mi libro y en este viaje hacia el círculo militar recuerdo muchas cosas. Pienso que, a los ocho años, soñaba con ser escritor, y a medida que crecía veía que ese sueño podía convertirse en realidad y hoy, gracias al apoyo de mis padres, es algo material. A través de este libro expreso todo lo que ellos me enseñaron sobre nuestra historia, la verdad que en la actualidad se quiere ocultar sobre la guerra que comenzó en 1976.
Es un honor y un orgullo que me hayan invitado a presentar “La otra parte de la verdad” en este prestigioso lugar, antes que nada quiero señalarles que este libro esta dedicado a mi padre Álvaro, a mi madre Teresa y al doctor José Alfredo Martínez de Hoz, un gran patriota que supo dejar relegado sus intereses personales ante las necesidades de nuestra nación. El leiv motiv de mi libro es reconocer el trabajo hecho por las FF.AA. encabezadas por el general Jorge Rafael Videla, quien tuvo el valor de hacerse cargo de la conducción de la patria. Por medio de esta obra, deseo que la sociedad entienda que no toda la juventud tiene la mente enferma, que muchos jóvenes como yo reivindicamos al gobierno que se instaló en marzo de 1976 y que nos salvó del marxismo. Y esta aclaración la hago porque vivimos en una sociedad que estereotipa, por ser jóvenes creen que no pensamos en la patria o en mi caso creen que porque soy abogado y defiendo mi ideología provengo de la aristocracia argentina, pero están equivocados los que piensan eso, mi madre es maestra de grado y mi padre es vendedor de seguros, y les doy las gracias a ellos y a dios de lo que soy. Antes de despedirlos quiero hacerles una invitación, ya que, en una hora y media podrán verme con el excelentísimo periodista Mariano Grondona, quien me invito a debatir con una de esas ancianas con pañuelo que giran alrededor de una plaza hacia la nada. Y disculpen si dije debatir, porque se que esta señora expondrá algo que no tiene base ni fundamentos.
Encuentro
Octubre de 2011
2011. Lunes 31 de octubre.
Aquella mañana Josefa se levantó muy temprano, preparó café con leche con tostadas para desayunar con Francisco y se fue a su “segunda casa”, la sede de Abuelas de Plaza de Mayo.
En el camino, se encontró con su amiga Delia y juntas conversaron del programa periodístico al que iría Josefa esa noche para contar su historia y donde debatiría con un joven abogado y defensor acérrimo de los genocidas, un tal Nicolás Sánchez.
Josefa estaba muy nerviosa, presentía en su corazón que esa noche sucedería algo que cambiaría su vida. No sabía ni entendía qué pero tenía la certeza de que esa noche cambiaría el curso de su vida y, por supuesto, la de Francisco.
Después de una jornada de trabajo en Abuelas, regresó a su casa para ducharse y cambiarse de ropa para ir, junto a su marido, al programa de televisión del conductor Mariano Grondona.
Al llegar al canal le agarró muy fuerte la mano a Francisco y le dijo al oído que se sentía muy rara. Se le vinieron a la cabeza imágenes de su “princesita”. Recordó aquellos años de búsqueda intensa casi detectivesca. Pensó en su nieto porque sabía, por un amigo de Micaela que fue liberado en marzo del ‘79, que a fines de octubre había nacido el hijo que con tanto amor habían esperado Juan y su hija mientras estuvieron detenidos en la Escuela de Mecánica de la Armada. Juan y Micaela permanecieron en la ESMA hasta que nació Ernesto, dos días mas tarde, se los llevaron de ahí para arrojarlos al río en los siniestros “vuelos de la muerte”.
Pasaron unos minutos y el conductor del programa se acercó a saludarlos. Detrás de éste, se encontraba Nicolás, quien al ver a Josefa y Francisco hizo una mueca con la boca, se rió de una manera sarcástica y dijo: “miren a esos dos, buscan a la puta de su hija, subversiva y guerrillera. Bien muerta está”
A las 21hs., comenzaba el programa “Hora Clave”. Josefa se sentó enfrente de Nicolás y lo saludó con un beso en la mejilla. En ese momento, recordó el rostro de Micaela y sus gestos. Nicolás se quedó perplejo y aturdido, se notaba que estaba incomodo ante la mirada cariñosa de Josefa. Él había ido a pelear con ella y a defender a los militares que habían “defendido al país de los subversivos”, sin embargo, esa noche sintió algo muy extraño. Escuchaba las palabras de Josefa y no entendía lo que le pasaba, sentía un interés muy especial por la historia que estaba narrando aquella Abuela. Cuando le tocó el turno de tomar la palabra no supo qué decir. Ese joven que se llevaba el mundo por delante se había quedado sin palabras frente a una persona que luchaba por castigar a quienes él defendía incondicionalmente.
Josefa hablaba sin parar; sus palabras despertaban la atención de Nicolás hasta el punto de transformarle la cara. Los argumentos que él había esbozado durante sus 33 años entraron en una contradicción irresoluble: Nicolás sentía ganas de abrazar a Josefa y, a la vez, sentía odio por querer hacerlo. Su mente estaba en blanco y, de repente, tuvo muchas ganas de llorar sin saber por qué.
Al término del programa, Josefa se acercó a Nicolás y lo saludó como si saludara a su hija o, mejor dicho, a su nieto Ernesto. Nicolás con los ojos llenos de lágrimas se despidió de ella. Tal vez, en ese instante pensó en sus verdaderos padres, en el abandono que debió vivir sin quererlo, en una historia de vida que nunca intentó conocer. Quizás, por miedo a descubrir una verdad dolorosa y diferente a la construida en su cabeza.
Ambos se fueron sintiendo que ésa no seria la última vez que se vieran las caras.
sábado, 17 de diciembre de 2011
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