“Sentía dentro de mí un gran vacío, como si aquellas imágenes que me
faltaban no hubiera estado buscándolas fuera de mí, sino en mi interior,y
ahora viera que dentro de mí no había nada”
(novela “El lector” de Bernhard Schilink)
El sol entraba por las ventanas ruinosas de aquel lugar terrorífico, queriendo lavar las manchas de sangre y las inscripciones que dejaron las víctimas. Los dos amigos las miraban aunque con distintas miradas.
La memoria recreaba cada una de sus vidas.
El que había estado allí oía las voces, los gritos, los ruegos. Sabía de la soledad que separaba, de la cercanía inútil con el compañero que compartía la misma suerte de dolor y muerte, ese otro mundo invisible para el resto del mundo, la certeza de un destino que clausuraba la vida.
El otro amigo inmerso en otra soledad, la del exilio, de la lejanía de una tierra que había amado,.. sus seres, sus cosas. Una ausencia doble: de todo aquello que dejó y de él mismo. Era “el otro”, cuando se miraba al espejo y se comunicaba trabajosamente con la gente del país ajeno. Veía en los muros sólo jeroglíficos, una historia que estaba oculta. Ahora era un extraño en su tierra y también él mismo en relación con su gente. Allá sabía lo que pasaba de “a oídas”, por informaciones sueltas que hablaban eufemísticamente de “los desaparecidos” o acercándose a grupos de otros compatriotas. Después supo de lo vasto y sistemático del horror.
Faltaba alguien allí: la compañera de estudios, la amiga fiel, la digna luchadora, la que era disputada y admirada por los dos. Era otra víctima más que ya no estaba, pero ellos sentían su presencia que los interpelaba, ya que esa era su modalidad.
En la silla vacía del bar la imaginaban allí sentada y uno de ellos la veía antes y después de entrar en ese espacio de muerte que hacía un rato habían estado.
Ariel, el sobreviviente le preguntó a Pablo, el exilado:
-¿Qué sentiste?.
-Por ella, mucho dolor, también por vos,.. por todos los que dejé.
Ariel insistió:-Pero yo te digo al volver y ver todo esto, el país, los juicios.
El otro hizo un silencio y le dijo:-Me vas a decir de todo, pero sinceramente, no sentí nada.
Ariel reaccionó como si le hubieran dado un mazazo. Quedó como paralizado y con la boca entreabierta.- No te entiendo-, le contestó.
Pablo trató de explicarse-Vos la tenés clara, pasaste por lo peor. Yo es posible que de a poco comprenda, que empiece a saber la verdad de lo que me pasa.
Muchos de los que volvieron se sintieron extraños y quisieron borrar todo ese pasado, incluso, muchos de los que se quedaron. Comprendieron, condenaron, pero trataron de olvidar. Me toca Dora, vos, los que conocí, pero cuando me voy alejando y veo las marchas, las protestas, los jucios, ese lugar, ya no es lo mismo
- No podés dejar que el tiempo borre la memoria. Es urgente.
Pablo le contestó como completando la idea de su amigo:-Es un trabajo a cumplir.
-Tenés que volver a ese lugar, hablar con la gente, escucharla. No basta el sentimiento. Hay que conocer y razonar.
Pablo, ensimismado en sus pensamientos, le contestó:- Esta inercia me produce incertidumbre y es como si diera lugar a la injusticia. Habría que determinar qué responsabilidad y hasta culpa tuvimos nosotros al mantenernos en silencio, en no ver, en la desmemoria, antes y después del régimen. Algo así pasó en Alemania.
- Todo eso es difícil de saber, puede que pasen muchos años. La justicia es lenta pero llega. Hay fuerzas poderosas que intentan impedirlo. Tenemos que luchar contra eso.
Está bien lo que decís, pero sigue siendo teoría. Lo principal es que cada uno se haga cargo, tiene que ver con la conciencia y vos tenés que decidirte y empezar por algo o por alguien.
Pablo lo miró y exclamó como si hubiera descubierto algo valioso:- ¡ Dora
-Está bien, ella siempre te amó, me lo dijo aquí y cuando estabas afuera.
Desde ese día Pablo, junto a parientes y amigos de Dora empezaron a abrir caminos para llegar a la verdad. Con ese caso fueron apareciendo otros. Se amontonaron informes, recortes, confesiones, implicados civiles y testigos. Recorrieron oficinas y archivos. Llegaron a pueblos lejanos. Rescataron objetos, fotos, producciones. Una acción los llevaba a otra. De una conversación se armaba un debate, de una historia reciente una pasada.
Estaba regresando auténticamente a todo lo que había dejado. Se reencontraba con todo eso y con él mismo. El equilibrio y la creatividad que exigía su oficio, la arquitectura, se reproducía en poder encontrar las respuestas en la construcción de ese edificio, más complejo e intrincado, que era el de la memoria y la verdad.
Ahora reconocía que aquel desfile de víctimas invisibilizadas por tanto tiempo, sobrevivientes sedientos de justicia y testigos decididos, eran personas reales, de carne y hueso, como también los ejecutores de los delitos, que ahora, en el juicio, después del veredicto condenatorio, los tenía delante, veía sus rostros ensombrecidos, simulando otra cosa en sus gestos, todavía sintiéndose inculpados.
Entendió que la soledad de hace unos meses y que era una continuidad de la experimentada afuera, iba cediendo y dando paso a la acción y las ideas de ese gran grupo que lo acompañaba. También que el hallazgo de la verdad en esta clase de crímenes, no dependía solamente de los recursos formales empleados habitualmente por la justicia sino había una fuerza comprometida y unificada de los que reclamaban.
Ese silencio que lo acompañó por tanto tiempo se fue llenando de voces, de risas, de cantos. Descubrió una comunicación nueva, con una resonancia inmediata en el otro, que brotaba del afecto y la participación en una causa justa y duradera en el tiempo y que se podía transmitir a otros y otras.
Creyó encontrar el significado de esa palabra tan común pero tan esquiva: “pueblo”.
Pero el logro más importante fue que ese vacío, esa nada de los sentimientos y de la razón se fue llenado de esas voces y de esos cuerpos que reclamaban, entendió esas manchas e inscripciones al volver a ese lugar con su amigo. Le había llegado la respuesta a esa pregunta “¿Qué sentiste?”. Su vida ahora tenía un sentido.
sábado, 17 de diciembre de 2011
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