La pregunta que me formulo luego de releer Glaxo de Hernán Ronsino y de contemplar las pinturas y fotografías de Juan Doffo es la siguiente: ¿qué concepto de pueblo, mejor dicho, de ciudad del interior aparece en los albores del siglo XXI? ¿Cuál es la visión que poseen nuestros artistas contemporáneos acerca de las ciudades o pueblos de la provincia, en concreto y más particularmente de la provincia de Buenos Aires? Y al decir Buenos Aires estaríamos eludiendo otros pueblos del norte o del sur de nuestro país, más particulares por sus condiciones geográficas o de alejamiento de los núcleos culturales o de poder. Me quiero preguntar acerca de estos pueblos específicos de la provincia de Buenos Aires, pueblos de la llanura pampeana, cercanos a la Capital y salpicados por ciertas pautas sociales y culturales adquiridas de la metrópolis. Pueblos que, desde el punto de vista del porteño representan el orden, la calidez hogareña, el saberse alguien dentro de una estructura social, la tranquilidad de una vida sosegada. Sin embargo, quien ha vivido en un pueblo reconoce que muchas de estas cualidades son mitos edificados desde la inmensidad anónima de la gran ciudad y que la vida en ellos dista de ser lo que se imagina: ese compendio de buenas costumbres y de calidez amistosa para integrarse a la condición típicamente humana de los claroscuros que modelan a cada individuo.
Glaxo presenta un pueblo sin nombre, como posible emblema de otros pueblos. Marcado por la melancolía, la parsimonia, la inmovilidad, aparece retratado fundamentalmente en tardes calurosas, en domingos lluviosos, a partir de sujetos que lo contemplan como si fuera una pintura tediosa que no los involucrara desde el interior de casas o negocios. La pérdida del ferrocarril da pie a su decadencia como si una mano anónima lo privara del progreso y lo condenara al olvido. Otros emprendimientos caen y se arruinan tras el alejamiento de sus dueños, como es el caso del boliche El As de espada de Ramón Folcada, que, a su partida, comienza a sentir los rastros de la desidia:
…es, cada día que pasa, un edificio abandonado, con un sillón de hierro tra-
bajado en la vereda que se va oxidando con cada lluvia, que se va hundiendo,
de a poco, en la tierra, y entre el sillón de hierro trabajado…se van juntando
unos yuyos y unas enredaderas silvestres que se meten entre las grietas, en las
junturas de las paredes. (pp. 72-73)
La naturaleza va cubriendo la obra del hombre con su invasión salvaje olvidándose de que allí alguien puso sus esperanzas. En otro momento del texto es, en cambio, el hombre quien pone los límites para permitir un escaso progreso:
parece que van a desmontar el cañaveral, y van a hacer, por donde pasaba
la vía, una calle que empalmará con la ruta 5, una salida nueva a la ruta, u-
na diagonal, dice Juan Moyano con cierto entusiasmo. (p.27)
Más detenido en el tiempo que avanzando, el pueblo contiene un núcleo de pobladores que Ronsino ubica, posiblemente con la influencia de la obra del vecino escritor de Chacabuco, Haroldo Conti, entre las clases menos pudientes, más alejadas de la influencia de la cultura, solas en sus pequeños mundos sin demasiadas aspiraciones. Pareciera que el pueblo las congrega en su interior para no dejarlas salir, las agobia y aprisiona. El pueblo transmite a Folcada una sensación de extremo fracaso cuando se lo destina a sus límites luego de equivocar un estratégico tiro:
Y por ese error yo estoy ahora acá, en este pueblo de mierda. Alguna vez
lo quise a este pueblo de mierda. Pero ahora es un pueblo de mierda. (p.91)
Nunca hubiera deseado volver a este lugar que se convierte en su prisión, en su castigo.
Folcada trae consigo a la Negra Miranda, el disparador de toda la tragedia, un personaje que desentona en la pequeña comunidad por su desmesura. Dentro de la medianía general, la Negra se erige como un enorme objeto deseable tal lo observado por el mismo Folcada:
Una mujer con ese carácter y ese cuerpo en un pueblo como este. Más
vale que va a llamar la atención. (p.81)
Su esposo proviene del pueblo o por lo menos allí se encontraba el campo de sus abuelos donde se crió. La Negra Miranda es ajena al lugar, ella viene de Buenos Aires, un ámbito totalmente opuesto a la pequeña ciudad y por su físico y por su carácter moldeado en la idiosincrasia capitalina, su figura atrae las miradas de los hombres que concurren al As de espada para contemplar sus famosas piernas.
Es justamente en Buenos Aires donde se produce la mutua pasión de Miguelito Barrios por la mujer de Folcada, en el viaje que fatalmente emprende con la Negra. La libertad y el anonimato de la gran ciudad facilitan el contacto. La vuelta al pueblo reproduce los encuentros y la traición se descubre, agazapada en los disfraces del corso. A partir de allí, Folcada confunde la interpretación de los rostros y encarga al culpable develar al culpable, cayendo la responsabilidad en un miembro ajeno a la comunidad popular, un extraño de un grupo minoritario que apenas conoce la lengua. La muerte del mormón y la posterior acusación sobre otro inocente, el flaco Vardemann, conmocionan el espíritu de Miguelito Barrios, posiblemente no por la muerte de Clifton Morris, el extranjero en todo sentido, sino por la partida hacia la cárcel de un miembro del grupo cerrado del pueblo, un miembro del grupo de amigos consumidores de películas y de imitaciones cinematográficas. Frente a semejante desenlace, la Negra Miranda decide abandonar el pueblo asqueada de tan vil comportamiento, creyendo vivir entre buitres y reconstituyendo su vida en el circo Papelito.
La visión de Hernán Ronsino de este pueblo parece mostrar que la salvación está fuera de sus límites, que la salud empieza donde el pueblo termina. Sus habitantes viven inmersos en un espacio sin futuro, siempre igual, sólo interrumpido por la ficción del cine o por ciertas modificaciones (los trenes, la fábrica, el nuevo camino) que revelan algo distinto a la repetición inmisericorde de los hechos cotidianos. Si bien Ronsino ubica a sus personajes en un pasado próximo (1959-1984), se debería suponer que su idea de pueblo bonaerense actual se asemejaría al relato que presenta en Glaxo, teniendo en cuenta al pequeño poblado como un conjunto social ciertamente dudoso, con su familiaridad y conocimiento de los demás, con la cercanía de los afectos pero con el peligro de seres en parte frustrados por la falta de horizontes, por las pocas posibilidades de crecimiento que brindan estas comunidades, al menos, para quien desee abrir hacia el futuro su destino personal. De tal modo no sólo la Negra Miranda deja el pueblo, sino también el hijo de Bicho Souza, la representación de las nuevas generaciones que buscan otros caminos en la gran metrópoli, parafraseando la canción de Litto Nebbia: si algo ha cambiado eso es nosotros/el otro cambio los que se fueron.
Un pueblo es lo que une a Glaxo, la novela, con el pintor Juan Doffo, este pueblo es Mechita, el lugar de origen del artista plástico y de un personaje del escritor de Chivilcoy, es decir, el matón que se peleó en el Bermejo con un tal Lavi, de Federación. Es, pues, Juan Doffo quien se caracteriza por representar en algunos de sus cuadros, justamente a Mechita, su patria chica. Ahora bien, esta visión del pueblo que puede ser melancólica, como la que expresa la novela, según una de las primeras fotos del catálogo de la exposición en el Centro Cultural Recoleta, reviste en la mayoría de las pinturas otro carácter. De tal modo, tanto El árbol del olvido como Sueños que teje y desteje el tiempo, Arquitectura fugaz, Teoría del equilibrio, incorporan al pueblo a lo lejos, rescatando el trazado en damero, común a tantas ciudades provincianas, pero visto a través de extrañas figuraciones geométricas entre mágicas y misteriosas, como si otra dimensión se elevara por sobre la repetición, como si un aura extraña protegiera estos núcleos urbanos, conectándolos con el universo, dentro de sus peculiaridades espaciales y humanas. Pareciera como si el pintor se abstrajera de los hombres y las mujeres, de los habitantes opacos o no de los pueblos para ubicar su estructura dentro de un plano más trascendente, más universal.
Otro punto de vista lo dan las fotografías que, en este caso, utilizan a las figuras humanas en poses totalmente antinaturales, a la manera de sacerdotes que participan de un culto ancestral, primitivo. Doffo fotografía a los habitantes del pueblo, posiblemente representando más a la clase media urbana que a los humildes seres que distingue Ronsino, estos pobladores, más espirituales y entregados a la contemplación muestran un costado más esperanzado para estas poblaciones. Pareciera querer decir el artista que no se necesita viajar a la gran urbe para desarrollarse espiritualmente, que detrás de estos pueblos perdidos en la extensa llanura pampeana existe esa palabra que muestra una de las fotos: la ILUSION.
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