Taller de lectura, escritura y discusión “La esfinge argentina: enigmas entorno a la Nación”
Juan Ignacio Sago
Este trabajo intenta responder a la consigna Nº 1 para la cual seleccioné la canción “Buenos Aires colina chata” de Homero Manzi, el cuento “El cautivo” de Jorge Luis Borges y la pintura “El matadero” de Carlos Alonso.
Al comienzo se incluye una cita perteneciente a la novela “Megafón, o la guerra” de Leopoldo Marechal –que recomiendo- y dónde se aborda las peripecias en torno a la esfinge de la Patria argentina.
-[…] Alguien me ha nombrado recién: ¿quién ha sido?
-Mi capitán, yo fui –le dijo Megafón.
-¿Y por qué?
-Mi capitán, asómese vuesamerced a estas ventanas.
Convidado de piedra o anónima errante, así lo hizo el Fundador. Y sus ojos de vasco, azulmar o verdeselva, recorrieron la Plaza de Mayo en busca de un horizonte perdido.
-¿Qué coño de ciudad es ésta?
-Mi capitán –le dijo Megafón-, es Buenos Aires, la ciudad que vuesamerced ha fundado.
-La que yo fundé aquí –protestó el vasco- se llamaba Ciudad de la Trinidad.
[…]
-Y puerto de Santa María de los Buenos Aires –añadió el Autodidacto-. ¡No hay que olvidar el puerto!
-¡Vaya puerto! –dijo el Fundador como en una reminiscencia enojosa-. ¡No cala el navegante ni dos pies de la altura del codillo! ¿Por qué le dieron a mi ciudad el nombre de mi puerto? ¿Y por qué mutilaron el nombre de mi puerto al escamotearle la glorificación de Nuestra Señora? ¡Buenos Aires! ¿A quién honran los aborígenes con ese nombre? ¿A un sistema de aire acondicionado?
-Mi capitán –adujo Megafón-, la idea evasiva del puerto ganó aquí una batalla. Y los habitantes de la ciudad, que debieron llamarse “trinitarios”, ahora se llaman “porteños”.
-¡Tales porteños –gritó el capitán- son unos hideputas ruines!
(Megafón, o la guerra, Leopoldo Marechal, 1970)
La fundación de la ciudad de Buenos Aires como la fundación de una nación, un pueblo o ciudad, inherentemente, supone el trazo de límites y fronteras. La demarcación de un espacio infinito se vuelve imprescindible para hacer tangible y “habitable” esa idea de la que es portador algún visionario y el grupo de personas que eventualmente lo acompañan.
La poesía de Homero Manzi que retoma la ventura de Juan de Garay, el Fundador, señala claramente cuáles eran aquellos límites –por cierto, arbitrarios y contingentes- entre los que se dio origen a la capital de las provincias unidas del Río de la Plata: la pampa, el riachuelo, el río y el desierto. Límites que hoy pueden descubrirse anacrónicos y, quizás, obsoletos pero que sirvieron para demarcar cuál era el sitio elegido, probablemente el lugar indicado para el nacimiento de aquel proyecto de ciudad y de civilización. Límites que, en efecto, trazan un afuera y un adentro, una exterioridad ajena a ese nuevo significado al que se ha dado origen y al que supuestamente se ha de pertenecer. Civilización y barbarie, son también las fronteras que delimitan el espacio y la temporalidad en que se circunscriben los personajes del cuento “El cautivo” de Jorge Luis Borges. Junín o Tapalqué, donde dice acontecer la historia, es zona de fortines; “un soldado que venía de tierra adentro” nos remite a las expediciones de “la conquista del desierto”; el “desierto” y la “vida bárbara” son las palabras que la cultura letrada elige para significar ese no-lugar que es todavía la futura pampa húmeda, cuna del “granero del mundo”.
Son esas mismas fronteras las que instauran un mundo de sentido y en su delimitación habilitan un juego de significaciones que vuelve inteligible aquella realidad política. Son esas mismas fronteras, las de una sociedad “civilizada” y un otro “bárbaro”, que hoy perviven y accionan de manera similar pero bajo otras formas. Por ejemplo, podría señalar, si bien con otros matices, la polarización que Washington Cucurto construye en su relato “El hombre de casco azul” entre el escalafón de los repositores de una cadena de supermercados y los clientes de aquel lugar. Los tiempos de unos y otros son distintos, los lugares de trabajo y esparcimientos de unos y otros tampoco son los mismos, en el lugar donde unos encuentran placer en el consumo de determinados productos, el otro encuentra el agobio pero también la posibilidad de un corte de mangas, una burla, a su rutina laboral de todos los días. Donde uno ve cajeras, repositores y empleaduchos sumisos y cansinos, el otro ve clientes panzones aburridos, tediosos y superficiales. En suma, las fronteras accionan como límites de tiempos y espacios pero, también, cumplen una función muy importante en el agenciamiento de las subjetividades y las identidades colectivas.
Manzi -lo mismo que Borges en “El cautivo”- habilita una lectura sobre cierta complicidad que habita entre la civilización y la barbarie, una mirada sobre ese par que no puede ser explicado por separado y de manera independiente, uno del otro. Tanto el bando “civilizante” como el bando de la “barbarie”, se erige frente a su contraimagen, es decir, frente a todo aquello que amenaza su –supuesta- esencia y que de manera positiva le hace de contrapeso. Como dos caras de una misma moneda, “civilización y barbarie” son dos fronteras que se enfrentan pero se cruzan, se rozan, se confunden y unen para hacer relato de una serie de hechos –luego, convertidos en acontecimientos de la Historia- que nombran el origen, el hito fundante de una patria que en algún lugar primero fue una idea, después la materialización de aquella idea y, hoy, una esfinge que se asoma y se oculta como un padre que abandonó a sus hijos mucho tiempo atrás y ahora tiene miedo de volver y presentarse.
Civilización y barbarie son dos fronteras que, a su vez, ejercen una violencia sobre ese origen común, el de la patria. Civilización y barbarie son las fronteras que un agrimensor anónimo (o no tanto) trazó sobre estas tierras y las cabezas de sus pobladores originarios. Civilización y barbarie, fueron categorías que sirvieron para callar a los que ya tenían vos y dotar de una vos autorizada a los que no tenían legitimidad para levantar la suya, viciada de intereses particulares. Civilización y barbarie sirvieron para nombrar lo que pasaría a ser lo ajeno, la amenaza destituyente –el desierto- y, también, para comenzar a nombrar la virtud propia anhelable, el destino inevitable –la realización de la patria- o lo que tiempo después conoceríamos como ese estar “condenados al éxito”.
Civilización y barbarie son las fronteras simbólicas que se utilizaron para practicar la misma violencia (simbólica y material) que Carlos Alonso se encargó de representar en su versión de “El Matadero” de Esteban Echeverría. Representación de la violencia (vuelta ineludible en el acto de violación de un unitario) que Echeverría también tuvo la habilidad de detectar y que se condensó en esa escena retratada por Alonso, la humanidad de un militante de las filas unitarias siendo ultrajado y violado por un grupo -o malón- de federales (identificados con el “régimen rosista”) que hacen de ese unitario su botín de guerra y el chivo expiatorio que hay que reventar. Como bien señaló Ricardo Piglia (La Argentina en pedazos, 1993), Sarmiento fue quien primero reanimó esa violencia del origen en nuestra literatura cuando, en su “Facundo”, frente a los bárbaros sentencia aquella frase de que “las ideas no se matan”, y será luego Echeverría quien se encargue de volver a poner sobre el tapete esa violencia mediante los sucesos que narra en “El Matadero”. En los 60, le tocó a Carlos Alonso volver traducir al lenguaje pictórico esa violencia, dotándola de nuevos matices que adquieren la forma de una pregunta intempestiva ante la situación política de aquel momento y la nueva afrenta ideológica que, por entonces, se desarrolla.
Para finalizar, vuelvo sobre el diálogo que Leopoldo Marechal recrea entre Juan de Garay, el Fundador y su personaje Megafón, y que me refiere a esta idea de patria o de esfinge de la patria que todo el tiempo -mediante los debates que aquí sostuvimos- volvemos a traer porque la consideramos una figura “perdida” o “latente” que desde algún buen lugar siempre parece ser necesario tener que re-habilitar. La ficción de Marechal me hizo volver a pensar en esas vicisitudes que todo origen acarrea y todo lo extraño y hasta absurdo que luego, aquella idea primigenia, puede devenir por la estupidez o la inocencia de constantemente repetirla sin tratar de cuestionarla en su origen y su supuesta razón de ser.
jueves, 22 de julio de 2010
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